Revista Rampa





 

 

EDITORIAL

 

Dado que en las revistas palpitan y se resguardan las almas, ellas son mucho más que los detalles de formato, tipografía, ilustraciones y exigencias de los bibliotecarios.

La primera pregunta que, creo, le surge al editor de una revista es: ¿quiénes pueden apoyarla? Sabemos que el apoyo no es sólo económico, también lo es intelectual y estratégico. Por fortuna, las instituciones asumen con frecuencia el mecenazgo. En otros casos son las empresas, a través de la publicidad, las cuales obran con generosidad o menoscabo de acuerdo a su propia economía actual. De cómo los ciclos económicos arrasan con las empresas culturales es un ejemplo la desaparición de la revista RAMPA de papel. En el país las revistas suelen cumplir extraños ciclos que incluyen cabriolas prodigiosas (hasta el punto de que no es raro encontrar editores desangrados económicamente) y diligencias sobrehumanas para perdurar. En este pozo negro caen incluso revistas que cumplieron una labor destacada (recuerdo con gratitud a Pluma), sobre todo en el campo de la literatura. Muchas revistas se sostienen básicamente por los aportes económicos de sus miembros de planta. Razón para que no se diga que RAMPA es una revista mendicante, a menos que se quiera hacer de ella una revista de carácter comercial.

El diseño de una revista es legado del editor, desde el tipo de letra hasta los dibujos. El editor impone un detallado proceso de revisión de cada texto. En busca de la más correcta prosa Harold Ross en The New Yorker impuso un detallado proceso de revisión de cada artículo, que podía llevar semanas enteras de constantes e interminables enmiendas gramaticales y perfeccionamientos de estilo. En ocasiones, pero no siempre, pedía el consentimiento de los autores, a quienes hacía llegar detalladísimas hojas repletas de sugerencias, modificaciones, preguntas e indagaciones. Se afirma que nadie como Shawn en dicha revista tenía la capacidad para eliminar lo superfluo, para sustituir una palabra poco adecuada, para inquirir por el porqué de una idea, para corregir y embellecer una frase de un plumazo. El lenguaje tenía que ser preciso y ajustado. Sin repeticiones. Sin clichés o lugares comunes. Sin elipsis poco claras ni fórmulas poco concretas.

El editor de una revista cultural ha de ser incorruptible y desinteresado, inflexible en sus decisiones, indiferente a la fama, frío a las modas, impasible a las tendencias, glacial a los premios, perfeccionista hasta más no poder, insensible a las preferencias de los lectores. Ha de tener una idea clara de lo que quiere hacer con la revista. Define recursos económicos, nombra personas a cargo de las secciones, conforma un equipo técnico y de investigación, distribuye funciones con la noción del límite. Desde un comienzo ha de rodearse de un equipo de primera clase, un editor literario y un director artístico y con ellos definir en pocos años la personalidad de la revista. A este equipo de trabajo ha de sumarse un elenco de redactores, reporteros, dibujantes, críticos y colaboradores. Después de reunir el material adecuado, para que la revista sea una realidad se requiere de editores, diseñadores, impresores, encuadernadores, puestos de venta, críticos, elementos de presentación o propaganda y, obviamente, compradores y lectores.

Pero antes que nada se necesitan de dos factores fundamentales: una figura y un equipo tutelares y una persona o un equipo que brinde el apoyo económico necesario. En la revista Orígenes Lezama Lima fue la figura poética titular, en tanto que Rodríguez Feo cumplía con su respaldo económico. Asimismo en el mismo orden cumplieron su papel Borges y Victoria Ocampo en la revista Sur .

El editor le da un estilo definitivo a la revista. Se esfuerza por encumbrarla al escalón más elevado de la cultura. Es el responsable de que lo que publica responda tanto a la línea editorial como al estilo de la revista. Conforma las normas de estilo y de funcionamiento, que terminen por convertirse en su marca de fábrica, hablo del manual de estilo de la revista. Conforma un estilo propio de periodismo literario de gran calidad. Busca que los autores que colaboran en la revista tengan un estilo propio, más o menos innovador. Podría incluir artículos, ensayos, crónicas, traducciones, reportajes, entrevistas.

En una palabra, el editor enlaza un imponente aire de autoridad con las más suaves y educadas maneras: una combinación entre Bolívar y san Martín de Porres. Puede hablar con gente mucho más inteligente que él y leer lo que escriben. En el proceso de edición de The New Yorker Ross y Shawn se dedicaban en cuerpo y alma a la revista, comprometidos en que esa publicación tuviera el mejor contenido y el más elegante y correcto estilo.

Rubén López Rodrigué

Director de RAMPA