Revista Rampa





 

 

HORIZONTES NARRATIVOS EN LA OBRA DE LUIS AGUILAR MONSALVE

Patricia Eguiguren E.

La metáfora es una pinza que ayuda a colocar,

en medio de las ideas, el mito hecho realidad.

Luis Aguilar Monsalve

 

 

Hablar de Luis Aguilar Monsalve es hablar de un escritor ecuatoriano que, con su literatura «neo-cosmopolita», ha marcado una fuerte diferencia en la narrativa de nuestro país. La grandeza de su obra se demuestra por sí sola. Comienza a publicar sus cuentos a fines del siglo XX (1999) y su producción literaria alcanza ya un auge pleno en lo que va del siglo XXI. En una conversación personal, le pregunté por qué no había publicado antes, pues sus cuentos tienen todos los atributos de los mejores relatos universales y poseen tal dominio, riqueza y fluidez del lenguaje, que me costaba entender el hecho de que los hubiera mantenido ocultos. Me contestó, con toda sencillez, que no lo había hecho porque necesitaba preparación, ardua tarea que ha dado magníficos frutos, traducidos en una absoluta madurez literaria. Frases tomadas de sus relatos, que se encuentran en este artículo, comprobarán, en parte al menos, esta afirmación.

El umbral del silencio, La otra cara del tiempo, Creo que se ha dicho que vuelvo, Dejen pasar al viento. Cuatro títulos acertados y originales. Cuatro cumbres que se destacan en la narrativa de Aguilar Monsalve.

De la misma forma, cuatro aspectos sobresalen por su magnífico tratamiento, que se traduce en una unidad si no temática, al menos estilística:

•  Enigmas que se plantean al lector, mediante el uso de una técnica narrativa propia y, a menudo, sutilmente disfrazados en elocuentes imágenes.

•  Perfección en la estructura narrativa y en la creación de personajes.

•  Estilo personalísimo, marcado por un lenguaje nítido y poético que se traduce, sobre todo, en una gran capacidad para elaborar imágenes brillantes y sugerentes.

•  Múltiples y oportunas referencias culturales, ligadas de una u otra forma a las influencias más fuertes en nuestro autor.

A) Para introducirnos en los túneles –a veces iluminados tan solo por una vaga y difusa luz, y en otras ocasiones, bastante oscuros- de los cuentos de Aguilar Monsalve, es necesario hacerlo con los ojos bien abiertos y con todos los sentidos puestos; de otra manera, se nos escaparán las claves que el narrador «malo y egoísta» ha ido escondiendo en los recovecos de los detalles –al parecer insignificantes-, de las metáforas y en el interior de otras imágenes. Estas claves se encuentran regadas por ahí, como quien las deja caer al azar, pero si no las encontramos, nuestra lectura no tendrá sentido o –al menos- no el que debería. En otras palabras, lo primero es deshacernos de nuestros paradigmas tradicionales de lectura y ello significa varias cosas: por una parte, ser capaz de leer y aceptar lo que se encuentra entre líneas; por otra, prestar atención a los detalles simples, sin aparente importancia y, sobre, todo, mirar más allá, tomando lo anterior solo como punto de partida para llegar al sentido último de los cuentos y al enigma que encierran. En efecto, quien desee interpretarlos, aproximándose de la mejor forma a su esencia, debe empezar por adaptarse a una nueva forma de lectura, pues de lo contrario –como bien lo afirmó Daniel Rogers- no pasará del nivel más superficial, donde encontrará sólo entretenidas -aunque muy bien estructuradas- anécdotas. Ciertamente, los títulos pueden ayudar mucho. No olvidemos que en la narrativa de nuestro autor estos son, ante todo, simbólicos e intencionales, pero que también pueden encerrar deseo, añoranza.

Para ilustrar lo anteriormente dicho sobre la exigencia para el lector, me referiré brevemente a tres cuentos de Dejen pasar al viento.

Al otro lado de mi voz, en su segundo párrafo, anuncia: «Uno puede desintegrarse en un momento en el cual la unidad indivisible se fragua perpleja en el fondo del pensamiento. No debe faltar firmeza para evitar cualquier duda sobre una remota existencia dividida en dos o más posibilidades (Aguilar, pp. 15-16). Este anticipo será la clave para descubrir, entre niño y hombre, aquella «fusión sin tiempo, sin espacio, sin lógica» (Aguilar, p. 18) que constituye el punto medular de este relato; aquel vínculo tan estrecho que los convierte en la misma persona; aquella unión tan íntima que, por ser tan solo producto de la imaginación, indica que jamás hubo escisión alguna.

En El gateo del desengaño, por su parte, la clave para descifrar el enigma la encontramos hacia el final del relato, cuando el protagonista entra en la librería y compra el drama que lleva el mismo nombre de este cuento. Lee las cinco primeras páginas y empieza «a imaginar toda una compostura dramática» (Aguilar, p. 101). O, dicho de otra manera, crea todo un drama emocional basado en estos cinco renglones. El protagonista crea los personajes de acuerdo con su subconsciente y con lo que él podría hacer en el futuro, armado hasta aquí solo con su deseo de llegar a convertirse en un gran dramaturgo. Según el propio autor, este cuento constituye «el p rototipo de una meta- ficción desarrollada en todos sus límites y posibilidades» (Aguilar, 2005).

En Neblina sibilina, el protagonista, al introducirse tanto en la mansión como en la lectura de esa «especie de diario», empieza a sentir vagamente familiares las figuras que habitaron ese espacio en algún tiempo desconocido: «La lectura se hacía personal, comenzaba a reconocer a los individuos. Mi mente se balanceaba en un columpio de dudas, temores y sospechas» (Aguilar, Dejen pasar al viento, 123). Esta frase es la clave para darnos cuenta de que «el personaje central está allí para dar validez a la fantasía y lograr que esta tenga algo de lógica. De la misma forma, logra hacer de la realidad algo más dudoso» (Aguilar, 2005). Pero aún hay más: al final, es visible el cambio de un narrador omnisciente a un narrador «participante».

B) En lo que tiene que ver con la estructura misma de las historias, esta se enriquece con imponentes comienzos, sorprendentes e imaginativos desenlaces, magnífica composición de las escenas principales y muchos títulos simbólicos, sugerentes –y muchas veces añorados- que nos hablan de un creador que sabe de su oficio. Ejemplos: Al margen del espanto, En un atardecer de un parque cualquiera o ¿Me llamará hoy?

Algunas fábulas, como Al filo del miedo, nos sorprenden por su cuidadosa elaboración; aquí nada se improvisa y todo logra un remate lógico y justo, cualidad que se complementa con una magnífica composición de las escenas y la espontaneidad y fluidez propia del estilo de Aguilar.

Ciertas narraciones se fijan con especial particularidad en nuestra mente. En ¿Por qué tendría que haber esquinas?, a pesar de que al principio nos llama la atención la aparente falta de verosimilitud, e incluso llega a herirnos la ira y el odio con que los compañeros de Luciano Bastidas lo tratan en la escuela, al percatarnos de que se trata de una historia dentro de otra, el inconveniente queda subsanado y la sorpresa aumenta con el inesperado y excelente final.

De la misma forma, el inicio y el desenlace de Cuando nos cuecen, no morimos resultan exquisitos y, entre ellos, se puede apreciar una cuidadosa arquitectura del relato, especialmente en la construcción de los personajes femeninos –la aragonesa y las castañas- con lo cual se logra aprisionar la esencia de la fábula y, a la vez, tener la impresión de que se nos entrega un panorama íntegro de la situación. Por último, cabe destacar la magnífica planificación de la composición de las escenas en la mayoría de las narraciones.

Junto a este aspecto, no podemos dejar de mencionar la vigorosa capacidad para crear figuras tan diversas, como Luciano Bastidas, Hugo Ferretti o Mireya Montiel, facultad que se traduce en la creación de personajes analíticos, reflexivos, sorprendentes, maravillosamente caracterizados; poseedores de rasgos sólidos y bien formados. No encontramos en la narrativa de Aguilar figuras planas o llanas, sino redondas, que cambian, se transforman, a pesar de la brevedad propia de este género. Relatos como El atardecer de los óleos, Nick, Al filo del miedo o Más allá de la bruma nos dejan la impresión de haber conocido profundamente a sus personajes, aunque algunos de estos, verbigracia Nick, sean solo producto de la imaginación de otras figuras.

El título de la penúltima obra de Aguilar Monsalve «Creo que se ha dicho que vuelvo» individualiza las personalidades de sus protagonistas, en apariencia, nómadas y errabundos, pero que en realidad son de aquí y de allá y además, y esencialmente, de ahora, de esta posmodernidad que tanto nos marca y nos define. Las figuras que construyen la obra de Luis Aguilar poseen además una naturaleza muy propia, que trasciende el dominio de la nueva era: el amor, el peso de la muerte, la pequeñez del ser humano, la espiritualidad, la grandiosidad del universo las perfilan y caracterizan.

Pero es la hondura sicológica lo que colma los personajes que habitan el mundo de ficción de nuestro autor: así, encontramos personajes tímidos, tiernos, dulces, melancólicos; otros audaces y agudos, como Antonio, el vendedor de El secreto que, además, es un comerciante de secretos. Unos son fríos y calculadores, como Allison, de Pick up in Cuenca; y otros, van de la timidez a una sorprendente y recia independencia, como Blanca Riofrío, de Detrás de una esquina.

En cuanto a los temas, estos son variados y profundos. Algunos cuentos, como Abajo, el abismo, poseen un argumento muy cercano a la trama policial. Se exploran rasgos asombrosos de la naturaleza humana, como el oculto deleite de la revancha, el egoísmo, la malicia, la sed de venganza que se cubre con la máscara de una aparente sinceridad. En otras ocasiones, la diferencia puede estar marcada también por un fuerte inconformismo, que hace de los personajes seres únicos y singulares.

El amor constituye un leit-motiv en la narrativa de Aguilar. No es desacertado decir que se explorara en toda su magnitud, pues toma diversos matices y se encuentra en casi todos los cuentos: puede ser añoranza de los mejores momentos de la infancia y la adolescencia; duda, inquietud o serenidad, como en Candileja fugaz, esa fábula brevísima, cargada de melancolía y recuerdos que parecen cuajarse en el título de una melodía: autumn leaves. Y es que este amor es un amor que deja huellas: amor humano, carnal y también divino, que late en lo más hondo de estos seres, y que se manifiesta de muy distintas formas: profundo e intenso en la imaginación de la monja de Pétalos en el pórtico; infantil y delicado en la figura del niño, en Calle del infinito; o cambiante, según el propio personaje va transformándose: joven y fresco, en el primer enamoramiento del protagonista (niño) de Celeste, maduro, luego, en el mismo personaje; frustrado, finalmente, por la timidez de sus protagonistas.

Por otra parte, en Nick, Todo verdor terminará, Levanten anclas y Cuando nos cuecen, no morimos, se siente con fuerza la presencia de la ficción y la fábula. Forman parte de los personajes y, estos a su vez, están imbuidos de ellas. Antesala del olvido y Al margen del espanto son quizá las narraciones donde mejor se conjugan la imaginación, la fantasía y la realidad. En el primero, con cierta inspiración –consciente o inconsciente- en «El soldadito de plomo», aquel maravilloso relato de la infancia, nada es casual. Se introducen elementos mitad reales, mitad ficticios, como el personaje que encuentra, en el piso, el libro de cuentos El umbral del silencio o el gato, que al principio está por ahí (pero que sin embargo, parece mirar todo con atención), y luego se halla sentado sobre el propio libro, lo cual puede significar que en realidad es quien controla todo. En el segundo, los personajes se introducen a fondo en algo que podríamos llamar la realidad de la fantasía. Y es que las historias de Aguilar Monsalve tienen esa «capacidad de ser convincentes, de atrapar al lector en un mundo ficticio y hacérselo aceptable», según lo expresó, en alguna ocasión, Vargas Llosa.

Otros relatos, como Crepúsculo, están matizados por continuas reflexiones sobre la pequeñez del ser humano, la angustia, la soledad, la grandiosidad del universo y lo maravilloso del amor. A la par, nos encontramos con una profunda espiritualidad que inunda algunas historias. Temas de la metafísica como la presencia del más allá, de otra vida, de Dios, de lo infinito empapan Crepúsculo y Más allá de la bruma. A veces, como sucede en Un ovillo entre la nieve, el tema es solo un pretexto para la profunda meditación.

Y, por supuesto, el dolor que aumenta cuando hemos amado profundamente a quien ya no existe. Es el caso de los protagonistas de Celeste y Calle del infinito. En efecto, la cercanía de la muerte, como muy bien lo enuncia el autor en uno de sus originales títulos, es un Pasaporte al desaliento.

Pocas narraciones suyas hacen referencia a la política (pese a los exhaustivos estudios del autor en este ámbito). En “El Umbral del silencio”, Testimonial habla de la rigidez del totalitarismo, aunque velada por la analogía con el régimen de un centro educativo. Pero en “Creo que se ha dicho que vuelvo” la problemática social se vuelve más intensa. Relatos como Una voz ciega, Cuando los niños se enojan, Detrás de una esquina o La Perla dan cuenta de diversos conflictos sociales a los que diariamente nos enfrentamos. Y aunque «la peor forma de injusticia es la soledad» -como afirma el protagonista de Las escaleras también hablan- el alcoholismo, los asesinatos, la violencia familiar, la delincuencia callejera y la pobreza multiplican el sufrimiento de seres encarnados en personajes como La Perla o Blanca Riofrío.

Pero esa soledad de Las escaleras también hablan no es privativa de la pobreza. Su huella es igualmente lacerante y honda en cualquier ser humano, especialmente en el de los últimos siglos. Y es que, como bien lo dijo en algún momento Amado Alonso, la concepción de la vida que tiene el poeta no le permite ser un mero espectador, sino que es de tal índole, que afina, purifica, eleva, ilumina y labra la materia de su concepción vital del mundo, todo esto logrado por medio de la elección de ciertos rasgos valiosos y la profundización en ciertos puntos, buscando siempre nuevos valores.

En otro ámbito, no se puede pasar por alto la forma en que el autor asume el factor tiempo. Por supuesto, no importa aquí –y me atrevo a afirmar que ni siquiera existe- el tiempo cronológico, o al menos, como dice uno de sus personajes: «el tiempo atmosférico no concuerda ni con mis pensamientos ni con la actividad rutinaria de la calle» (Aguilar, p. 44). Y es que, según palabras del propio autor: «el tiempo atmosférico se constituye en el tiempo existencial. Todos los cuentos poseen una realidad trizada y una fantasía trizada. Y si no, incompleta. El tiempo también es incompleto, y el espacio, ambiguo: un espacio sin quilates tangibles; un trizarse del espacio» (Aguilar, 2005). Todo se desarrolla dentro de una especie de incertidumbre, el absurdo se tiñe de verosimilitud, con lo cual la presencia de Kafka se revela. Sin embargo, no hay un regreso a la literatura del absurdo. Sus relatos más bien «se agarran y se cuelgan de una realidad dividida» (Aguilar, 2005).

El tiempo es subjetividad que se convierte en magia, en desdoblamientos, en eternidad, en «memorias huidizas»... Es un «tiempo mañosamente engañoso» que permite fusiones, divisiones, existencias vividas sin conciencia... Sin duda, se trata de un «tiempo trizado, bifurcado en un sentido tripartito: no hay presente ni pasado ni futuro como tal, porque los límites se unen, convergen en uno solo». Por ello, se trata de un tiempo creado por el autor para «permitir a la fantasía albergar una base sólida de realidad perturbada» (Aguilar, 2005). Finalmente, el tiempo de los personajes no es el tiempo afín al tiempo del escritor o del narrador.

El tiempo, indubitablemente, es una constante en la narrativa de Aguilar Monsalve y se bifurca en varios caminos: es, a veces, visión de un futuro inesperado e insólito; en otras ocasiones, recuerdos que se mezclan con la realidad presente: «un ayer distante, nebuloso que ha dejado una efímera huella a su paso». Finalmente, ausencia, olvido, sueños que no se cumplieron, devenir que tiñe el cuento con un aire de nostalgia. En este sentido, unos pocos versos de García Lorca, citados al inicio de La otra cara del tiempo, son prueba fehaciente de la estrecha relación que une a nuestro autor con el poeta español que canta a la luna y a los gitanos; al tiempo y a los sueños...

En las anticipaciones o vueltas atrás, al pasado, se advierten claramente las señales del simbolismo narrativo: en ocasiones, los protagonistas se anticipan a lo que vendrá; en otras, ven pasar su vida como en una película. En ambos casos, está presente la dualidad, un desdoblarse del personaje que luego recobrará su unidad, verbigracia, Allá en la otra orilla, Imágenes, Escombros de humo, De pronto, el otoño. Aunque también la técnica narrativa puede consistir en la fusión del protagonista con el narrador, fusión que sólo se conoce más tarde, al finalizar la narración. En muchos relatos se superponen, con mucha maestría, dos planos distintos: la posibilidad de una vida diferente y la vida real (esta técnica ha sido llevada al cine con gran éxito en algunas películas, como “Family man”). En otros relatos, como En las entrañas del molino, el personaje logra, finalmente, recobrar su personalidad anulada por el desencanto de la soledad o la traición.

Y ya que mencionamos al narrador, no podemos dejar de señalar que en los cuentos de Aguilar Monsalve, «el narrador es ambiguo, malo, egoísta. Esa es su misión» (Aguilar, 2005). De ahí, que la presencia de un buen crítico en la obra de Aguilar se vuelva casi indispensable. Si el autor es el «dramaturgo», el crítico es el «director de la obra», es decir el que, junto con los actores –o sea los lectores-, amalgama de tal forma la obra que esta se hace visible al público.

Tan solo estos dos aspectos –enigmas que se plantean dentro de una cuidadosa construcción del relato y el tratamiento sui-géneris del tiempo- ya bastarían para afirmar que es precisamente esta «unidad unísona» la que marca la diferencia estilística entre los cuentos de Aguilar Monsalve y el resto de los existentes hasta el momento en el país. Por lo tanto, la contribución está en lo sui-generis. La diferencia está marcada por la manera en que Aguilar construye sus cuentos.

C) Sin embargo, no podemos dejar de sustraernos a la magia del tercer aspecto: un lenguaje nítido, diáfano, muy poético, poblado por la inmensidad de metáforas e imágenes. La escritura es brillante, barroca a veces, como en Desde el ático: «por la esencia de la balsa de que su cuerpo era hecho». El sólido manejo del lenguaje, se traduce, sobre todo, en una gran riqueza léxica: « un aire que se percibía a céfiro seductor de mancebos. Aroma dulce–agrio, como de mar presente, como de doncella amodorrada entre la brisa semilenta de anhelos reprimidos e impulsos erotómanos».

La gran capacidad de Aguilar para crear brillantes imágenes se hace particularmente visible en el poder de evocación de la sinestesia «el pan caliente que tenía una esencia muy particular (...) De ojos tenía dos clavos de olor y la sonrisa sostenía puntitos de anís»; en la fuerza de las metáforas visionarias: «Parecía que el silencio, las huellas de lo indefinido y el misterio se amalgamaban para sembrar la ansiedad y el suspenso» o en estas otras alusiones, tan descriptivas como poéticas: «El sol se acostaba detrás de unas montañas apretadas de color verdoso (...) un rebaño de ovejas descansaba solo».

No es tarea fácil seleccionar las imágenes más significativas de entre la inmensidad de alusiones de alta envergadura que se encuentran a cada paso en la narrativa de Aguilar. De hecho, nos gustaría mencionar todas y ha significado un sacrificio tener que reducirlas. De cualquier forma, las siguientes citas demuestran sobradamente las aseveraciones anteriores: «Entregó toda su fuerza y dedicación en una pasión sin retorno que se estrelló en el límite de su empeño». O: «El cielo era gris, pero encarnecido de una refulgencia perlada. Aire tibio de verano saturado de lluvia reprimida». O: «Sus pensamientos caían en la afonía como si estuviesen arropados con bufandas cardadas (...) en las curvas descalzas de sus continuas inquietudes».

En Herederos de las sombras, las descripciones de los libros –figuras que protagonizan el relato- se acentúan con la fuerza descriptiva de la siguiente imagen que fortalece su calidad estilística: «Esperé escuchando el sonido de la puerta que comenzaba a gemir y mi mente iba enhebrando bóvedas de pánico y de niebla».

Flores amarillas de otoño llama atención por sus imágenes muy bien logradas: «en el espejo de mi subconsciente habitábamos en la misma dimensión, pero se sentía el gateo de una libertad agazapada (...) desembocar en un conflicto existencial». O: «me ahogaba en la niebla inmunda de la nada y en las entrañas ficticias del brocal de las flores amarillas de otoño». En fin, en todas estas representaciones se nota la fluidez y la espontaneidad en un intento por aprisionar la vida y la pasión de los personajes.

D) En cuanto a las referencias culturales (literarias, cinematográficas, pictóricas, musicales), éstas son variadas y precisas y se complementan con justos epígrafes, que sitúan al escritor en cierto nivel de erudición, que probablemente ha contribuido a que su narrativa trascendiera las fronteras de lo local. Precisamente sus epígrafes nos revelan ciertas preferencias literarias. En ellos y en otros aspectos –como los sorpresivos desenlaces de los relatos o el adentrarse en las cavidades más profundas del alma humana- podemos observar con claridad las influencias más significativas en la narrativa de Aguilar Monsalve: Cortázar (de quien fuera amigo personal), Borges y Sábato; García Lorca, Beckett, Faulkner, Kafka y Poe.

Pero también la narrativa de Aguilar tiene su inspiración en otras fuentes, aunque el autor no siempre esté consciente de la influencia que éstas pueden ejercer en sus relatos: en ella participan narraciones y fábulas como «Las hormigas y el saltamontes» (en el cuento del mismo nombre), «El soldadito de plomo» o «Simbad, el marino» (verbigracia, Antesala del olvido o Levanten anclas). Finalmente, al leer algunos relatos, tenemos la impresión de estar en una sala de cine, no sólo por las constantes referencias al séptimo arte, sino por la temática propia de algunos cuentos, que nos dan la impresión de estar viendo una de aquellas películas que nos muestran en cámara, rápida o lenta, la vida del protagonista.

Por todas estas cualidades, creo que nos encontramos más allá de un acierto editorial: hemos encontrado obras fulgurantes que nos impactan y aprisionan. Y si la poesía consiste –como decía Dámaso Alonso- en «una íntima vibración del poeta, por vías de misterio comunicada a su obra», nos hallamos frente a auténtica poesía.

BIBLIOGRAFÍA:

Aguilar Monsalve, Luis, La otra cara del tiempo, Quito, Letramía, 2001.

————— El umbral del silencio, 3ª. Edición, Quito, Libresa, 2002.

————— Creo que se ha dicho que vuelvo, Quito, El Conejo, 2003.

————— Dejen pasar al viento, Quito, Eskeletra, 2004.

 

©PATRICIA EGUIGUREN EGUIGUREN realizó estudios en Ciencias de la Educación, con especialización en Letras y Castellano, en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Luego continuó sus estudios de Literatura en el ciclo doctoral de la misma universidad. Prepara su tesis doctoral sobre la Estilística en Ecuador. Además, desde 1998, es profesora de Literatura, Lenguaje y otras asignaturas en la Universidad Internacional del Ecuador, y actualmente, también en la Universidad de las Américas.