Revista Rampa





 

 

 

ENTREVISTA A LUIS AGUILAR MONSALVE

Por Patricia Eguiguren Eguiguren

 

 

Sus cuentos han marcado una profunda innovación en la literatura ecuatoriana de los últimos años debido, en parte, a la estructura misma del relato. ¿Qué papel juega el narrador en la arquitectura de sus relatos?

El narrador es un guía que sirve para poner al lector en la ubicación en la que él desea que el lector esté; busca el control; puede ser, sin embargo, una voz totalmente engañosa, cuyo propósito es dirigir mal, confundir, con el único fin de dar un «jaque mate» y sacar y obtener del lector la sorpresa requerida al final de un buen cuento.

Sus relatos exigen mucho de los lectores, puesto que ellos deben encontrar ciertas claves, regadas por ahí, que les permitirán descifrar el enigma que encierran. ¿Qué sugerencias daría a los lectores para que puedan llegar al sentido último de sus narraciones?

Leer una y otra vez hasta que el lector sea un verdadero experto en el cuento. No importa la conclusión que saque. Lo importante es probar que aquello que dice el lector crítico está basado en algo que encontró en el cuento. No me interesa que el lector esté o no de acuerdo con mis conclusiones; lo importante es que obtenga sus propias conclusiones, pero probándolas.

En su opinión ¿qué papel juega el crítico dentro de la literatura, y en especial dentro de la relación autor-lector?

Se supone que todo crítico es un experto en este campo y me dirijo a él, como experto. Consecuentemente, le va a ser más fácil adentrarse en el corazón del cuento y ver cuál ha sido la intención del autor. Creo que el crítico tiene todo el derecho a ver un cuento, desnudarlo, y volverlo a vestir, de acuerdo con su conveniencia, pero siempre con un ciento por ciento de objetividad. El crítico es el puente entre el lector y el escritor; de ahí la importancia de su profesión.

Pero, ¿puede el crítico ser ciento por ciento objetivo?, ¿no cree usted que en determinado momento puede dejarse llevar por sus vivencias, sus creencias, sus preferencias?

En el mejor de los casos, tiene que ser así; sin embargo, una cantidad mínima de subjetividad, positiva o negativa, se puede tolerar. Estamos hablando del crítico profesional, asumo que se trata de un profesional en el cual la técnica y las escuelas literarias deben ser conocidas y de alguna manera, esto le permitirá ubicar al autor dentro de una tendencia. En caso de no haberla, es el crítico el que tiene que dirigir y aclarar a qué tipo de lectura el lector se va a enfrentar.

Según su opinión, ¿cuáles deberían ser los principales parámetros para juzgar a un escritor?

Lectura seria, analítica, conocimiento de la técnica narrativa, poética o dramática. Después, desarrollo de un análisis concienzudo de lo que ha pasado en el relato o en el poema, para terminar con una conclusión sui géneris que ya de por sí enriquece a una literatura nacional.

¿Cómo explica usted la íntima relación fantasía-realidad, tan propia de sus narraciones?

Allí habría que definir dónde está la fantasía y dónde lo real. Lo que para un crítico es fantasía, para otro puede ser real y viceversa. Fantasía, desde una base muy simple de definición, es lo que al autor crea. El truco está en dar a esta ficción ficticia tonos de tangibilidad. Y a lo real, matices ficcionales.

El tiempo y el espacio juegan importantes papeles en sus relatos. ¿Qué podría decirnos acerca de estas dos dimensiones, dentro de su obra?

No me gusta un tiempo cronológico de entrada; eso no quiere decir, desde luego, que no haya usado un tiempo así, pero prefiero la ruptura, en el sentido de que me gusta que la noción de tiempo, pretérito, presente o futuro, esté en una misma línea de movimiento existencial; no me gusta separar el ayer del hoy o del futuro. En cuanto al espacio, prefiero que éste no sea tan definido como para decir París, Francia, Europa. Prefiero que el espacio también tenga ciertos fulgores de misterio o de una oscuridad intencional.

Usted ha dicho que uno de sus cuentos, El gateo del desengaño constituye «el prototipo de una meta-ficción desarrollada en todos sus límites y posibilidades». ¿Puede hablar un poco más sobre este relato?

En este cuento me fascinó justamente la idea de romper un tiempo abismal y que el espacio sea una consecuencia de ese abismo. De hecho, si hay un libro que un fulano tal compra, y antes de ver la obra, ve a los personajes actuando, él ha creado también una obra dentro de otra obra. El ardid autor/narrador está justamente en que prevalezca la ficción sobre una realidad groseramente posible.

También dijo usted que: «Todos los cuentos poseen una realidad trizada y una fantasía trizada. Y si no, incompleta. El tiempo también es incompleto, y el espacio, ambiguo: un espacio sin quilates tangibles; un trizarse del espacio». ¿Podría aclarar un poco estos conceptos para los lectores?

Lo primero reafirma mi creencia de que el tiempo como se lo ve y se lo siente triza y rompe los límites otra vez, del ayer, hoy y mañana y si los críticos y los lectores pueden ver este trabajo, esencial para mí, no «he arado en el mar». El tiempo, por otra parte, tiene que ser incompleto, si aceptamos para mí, la falsa noción de una cronología temporal; de allí que eventos que sucederán o sucedieron pasando por lo que sucede, impedirían un tiempo incompleto. En lo referente al espacio, igual comentario valida la misma noción.

Son conocidas las principales fuentes literarias que han nutrido su obra: Borges, Cortázar, Poe, García Lorca, Samuel Beckett. Especialmente Borges ha tenido un gran impacto en su vida ¿verdad? ¿Le interesa más como poeta o como narrador?

Como narrador.

Sé que fue alumno y amigo personal de Cortázar. ¿Podría hablarnos un poco más sobre esa relación?

Julio, junto con mi mentor en la universidad de UCLA, John Crow, fueron los que me motivaron para que escribiera ficción. En el caso de Cortázar, con quien tuve el honor de tomar un seminario, sobre su cuento y novela en UCLA, pude darme cuenta de la gigantesca contribución que había hecho a la literatura hispanoamericana, acostumbrada entre nosotros a abusar de un realismo social. Fue él quien abrió en mí el despertar de una novela fantástica, espiritual, mítica y, por usar un término de Carpentier, descubrí de alguna manera, el verdadero sentido de lo real maravilloso. Se ha dicho de Julio, y con derecho, que es el mejor cuentista del «boom» hispanoamericano, pero también creo que su obra novelística es un verdadero universo de temas, personajes, constantes dominantes que testifican el occidentalismo de una América hispana desunida.

Borges opinaba que T. S. Eliot y Joyce parecían bastante preocupados por captar un gran interés en sus obras y en el sentido de lo que escribían. En cambio, a él mismo, poco le importaba si sus lectores entendían las referencias y alusiones suyas ¿Qué opina al respecto? ¿Para quién escribe usted y qué espera de su público?

Justamente, allí radica la grandeza de Borges. La respuesta que salta a la vista, con la honestidad más grande, es un no sé. Escribo porque tengo la necesidad de hacerlo. Nunca he pensado escribir para mí, consecuentemente, escribo para mis lectores.

¿Podría añadir algo acerca de otras influencias, como cuentos y fábulas de la infancia o de sus primeras lecturas de adolescente?

Sí. Recuerdo cuando tenía cinco o seis años, que le pedía a mi niñera que me contara cuentos. Retrospectivamente hablando, asumo que aquellos relatos eran una mezcla de historias viejas de la España medieval, de una Arabia misteriosa y de un mundo latinoamericano. Nada me gustaba más que escuchar embobado y el por qué a cada segundo. En mi adolescencia, posiblemente Julio Verne y todos los románticos franceses, especialmente los Dumas, padre e hijo; en América Latina y Europa, sin cuestión, Quiroga, Cuesta, Benito Pérez Galdós, Andersen y Heine; y del mundo anglosajón, Poe, Dickens y Hemingway.

Las referencias cinematográficas son muy significativas en su obra. ¿Cuándo empezó a interesarse en el llamado «séptimo arte» y cómo siente su influencia? ¿Cuáles son las películas que más fuerte impacto han tenido en su vida y en su literatura?

Cuando tenía unos doce años y asistí por primera vez a la película La última vez que vi París. Veía unas seis películas por semana; jueves, sábados y domingos. Si bien es cierto, nos gustaban las películas europeas e hispanoamericanas, secretamente, las que más me atraían eran las estadounidenses y, en particular, las de vaqueros. Pero también me atraían casi todas las películas protagonizadas por Elizabeth Taylor y, entre las clásicas, Casablanca; en inglés, An affair to remember (no recuerdo el título en español); y muchas películas con Marilyn Monroe, Clark Gable, Ava Gardner, Rita Hayworth, Lana Turner, Grace Kelly. Me encantaron las películas de acción, pero también las románticas con un problema por resolverse. Cuando me empapé del cine, me di cuenta de que las películas de clasificación «B» abundaban en mi repertorio.

¿Se siente un espectador crítico cuando va al cine, o más bien se considera ingenuo?

No necesariamente ingenuo, pero no quisiera ser un crítico de la película porque, sobre todo, espero que me entretenga, me haga pensar, meditar y quizás, imitar.

¿Ha considerado la posibilidad de que algunos de sus cuentos sean llevados a la pantalla?

El mes pasado se terminó el rodaje de uno de mis cuentos, “El primogénito del escritor vagabundo”, que está en mi último libro Dejen pasar al viento. También hay la posibilidad de que llegue otro a la pantalla, un cuento de La otra cara del tiempo, cuyo título es: “Imágenes”.

¿Y tendremos el placer de verla en Ecuador?

Se presentará en los Estados Unidos y tengo entendido que irá a un festival.

¿Cuál es la metodología que sigue normalmente para construir un relato? Es decir, ¿lo trabaja primero en la mente y luego lo transcribe o, por el contrario, va construyendo la narración directamente en el papel?

Uso ambas técnicas.

En cuanto a la temática, su narrativa parece abarcar casi todos los asuntos posibles. Sin embargo, el tema político rara vez aparece en sus cuentos. Pero usted posee un P.H.D. en Ciencias Políticas. ¿No se ha sentido tentado, entonces, a escribir sobre política?

De ninguna manera, cuando hago literatura.

¿Cuáles son los temas que más le apasionan en el momento de escribir?

Son muy variados. Me gustan los conflictos emocionales, pero sobre todo, como ya dije, me gusta una mezcla en mis cuentos de realismo y de fantasía.

El tema religioso también está presente en sus relatos. ¿Cómo lo siente usted en su vida misma y en la relación con lo que escribe?

Indispensable.

Sé que hay muy pocas experiencias y vivencias personales en sus relatos; sin embargo, ¿hay algo en particular, tal vez de su infancia, de su adolescencia o de su juventud que influya particularmente en sus relatos?

Nada, aunque creo -y cada vez estoy más convencido- de que algo de uno queda en la mayoría de los cuentos.

¿Qué opina de las autobiografías y de los escritores que escriben sobre sí mismos?

Creo que eso jamás sucederá conmigo, porque soy un escritor que no fabrica sus historias basadas en lo que a uno le ha acontecido; consecuentemente, no podría escribir una autobiografía ni lo intentaría. Si un escritor desea y puede escribir sobre sí mismo, que lo haga.

Usted domina el inglés tanto como el español y sus ensayos están escritos en inglés. ¿No ha pensado en escribir también relatos en ese idioma?

No. Prefiero escribir ensayos en inglés, pero para la poesía y la narrativa, prefiero el castellano.

En algún momento Borges dijo que las metáforas que realmente tienen sentido son las grandes comparaciones ya conocidas. Por ejemplo, «la muerte con dormir», «la vida con el sueño», «el tiempo con un camino» (y, excepcionalmente, una metáfora que encontró en sus estudios de escandinavo antiguo: una batalla es «una trama de hombres»). El resto ya no importa. ¿Usted está de acuerdo con esto?

No. Creo que una metáfora bien construida vale por mil palabras.

¿Qué autores han influido más en lo que tiene que ver con la perfección en el uso del lenguaje y la construcción de brillantes imágenes, tan propias de su narrativa?

Me gustaría hacer mía la respuesta que José Camilo Cela me dio, cuando le pregunté cuáles eran sus influencias españolas. El me contestó que todo libro escrito en español es una influencia.

¿Qué alcance tiene lo simbólico en su narrativa? ¿Cuáles son los que más le atraen?

Me gustaría referirme a la respuesta que di sobre la metáfora; creo que un buen símbolo justifica muchas imágenes en una página, pero hay que saber entender, desarrollar y proyectar lo simbólico, en una historieta, por ejemplo; entonces, mientras un símbolo define un concepto personal, ese valor tendrá que ser equilibrado por el lector, de acuerdo con su concepción de lo que está leyendo.

Sé que está escribiendo una novela. ¿Le gustaría adelantar algo sobre ella al público?

No.

¿Y la poesía? Usted parece tener muchas cualidades para escribir poesía, especialmente por el manejo del lenguaje. ¿Ha pensado en escribir lírica?

Me inicié con la poesía y tengo guardado un poemario de 1968 al 2004, que no está publicado. En algún momento, posiblemente, lo revise y quizá lo publique.

Sé que le interesa muchísimo el teatro. ¿Ha incursionado en el drama? ¿Piensa hacerlo?

Sí. Con seguridad, después de mi novela, trabajaré en el drama que, francamente, me apasiona.

Sus cuentos tienen todos los atributos de los mejores relatos universales y poseen absoluto dominio, riqueza y fluidez del lenguaje. ¿Por qué los ha mantenido ocultos hasta la década de los 90?

No había publicado un libro de cuentos hasta antes de 1986, porque desde 1967 hasta 1982 ha sido una época de estudio y preparación en mis dos campos: Lenguas y culturas hispanoamericanas y Ciencias Políticas - Relaciones Internacionales.

Quito, 11 de julio del 2005