Revista Rampa





 

 

 

 

LA ESTACION

Sergio Borao Llop

 


Salí al aire frío de las calles, abandonando la oscuridad del almacén. Alguien que no reconocí me despidió con un extraño ademán. Recordé confusamente que debía tomar un tren.

Pocos días antes me había sido enviada una carta en la que se me recomendaba un viaje. Adjunto venía un billete de ferrocarril, que ahora descansaba sobre la mesilla de la solitaria habitación en la que cada noche me entrego a los despóticos juegos del sueño. No me tomé siquiera la elemental molestia de averiguar quién era el remitente de tan curioso envío, ni busqué en una guía cualquiera el lugar de destino. Pero ¿quién hubiese vacilado ante un reto semejante? ¿Quién se hubiese resistido a ese instinto que siempre nos lanza hacia lo inesperado con tanta decisión como desprecio ante los posibles peligros? Conjeturé que sólo la cobardía hubiera podido impedir que recogiese el guante que el destino había tenido a bien lanzar contra mi rostro. Y nunca fui cobarde.

Así, poco después de las cinco de la tarde, tras una corta pero intensa siesta, me puse mi único traje (que apenas había utilizado una vez), metí en una maleta adquirida dos días antes mis escasas pertenencias y partí hacia la estación, dejándome azotar por las continuas ráfagas de un viento helado que hería inclemente las esquinas, los árboles y el tránsito fugaz de los peatones que surcaban con rapidez las avenidas.

A causa de la menuda e impertinente lluvia que había comenzado a desgranarse sobre la ciudad, me vi obligado a tomar un taxi. Muy pronto, el automóvil se detuvo frente a un moderno edificio de dos plantas, ante el que otros autos vomitaban su carga humana, partiendo raudos en busca de otros pasajeros, de otras historias.

Antes de entrar en la estación, me detuve un instante, con la viva sensación de haber pasado algo por alto, de no haber prestado la debida atención a algún ínfimo detalle, de esos que luego resultan ser trascendentales, pero, no siendo capaz de concretar en que pudiera consistir ese olvido, me encogí de hombros y penetré en el edificio entre una muchedumbre de rostros desconocidos y bonitas muchachas uniformadas y empleados siempre dispuestos a la oportuna indicación, al breve diálogo.

Ya en el interior, me sentí invadido por un reconfortante calorcillo, más agradable, si cabe, teniendo en cuenta el frío que la llovizna había traído consigo allá afuera. Al fondo, al otro lado de las ventanillas ante las que el gentío formaba largas colas esperando su turno, pude ver una gran sala en la que multitud de personas charlaban, gesticulando. Un poderoso rumor se extendía a lo largo de toda la nave. Era la suma de las conversaciones de los presuntos viajeros, el eco de las despedidas, de las tópicas recomendaciones y las frases cariñosas. A la izquierda, un enorme mural representaba el mapa del país, cruzado por innumerables líneas rojas, como tantas otras arterias surcando el espacio, entrecruzándose, uniéndose, mezclándose y formando un complejo entramado que llegaba hasta los más recónditos rincones de la patria. Al lado, un cartel electrónico indicaba las próximas entradas y salidas, el horario previsto y el número del andén correspondiente. De cuando en cuando, se oía por los altavoces repartidos por todo el recinto una muy bien modulada voz femenina, anunciando la inminente partida de algún tren. Podían verse entonces algunas personas corriendo en todas direcciones, abalanzándose hacia las escaleras mecánicas que llevaban a los andenes. Otros paseaban con impaciencia frente a las ventanillas, lanzando insistentes miradas al electrónico, y escuchando con desmesurada atención cada uno de los mensajes que los altavoces vertían sobre el aire cálido de la sala espaciosa.

No dejó de llamar mi atención la aparente ausencia de escaleras ascendentes, ya que había, en efecto, un piso superior, que se veía a través de grandes cristales, y en el cual podían distinguirse varios grupos de personas, saboreando sus bebidas y riendo despreocupadamente. Otros, por el contrario, contemplaban con aire apesadumbrado el piso en el que yo me encontraba y callaban; sólo callaban ignorantes de las alegres risas que brotaban a su alrededor. (¿Habré de decir que en este lugar toda risa es forzada; toda alegría, aparente?). Enajenándome a esas tristes miradas, supuse que habría alguna escalera en el interior de la cafetería, pero esto aún no me preocupaba, puesto que mi intención no era subir a aquella atalaya acristalada, sino tomar un tren.

Sí, subir a ese vagón que el destino había puesto en mi camino y que ya no podía tardar mucho en hacer su entrada. Volví a consultar la lista de horarios sin hallar referencia alguna al tren que debía tomar, al itinerario que muy pronto había de emprender. Caminando con tranquilidad, me aproximé a uno de los numerosos bancos que ocupaban el centro de la enorme nave y me senté en él, situándome frente al letrero en el que, de un momento a otro, surgirían las mágicas palabras anunciando la llegada de mi tren, anunciando el comienzo de algo quizá maravilloso y excitante.

A mi lado, una mujer gorda dormitaba apaciblemente, y un poco más allá, un anciano miraba como hipnotizado, con expresión de ciego incapaz de admitir la ceguera, hacia el gigantesco mural. Niños ruidosos correteaban entre los bancos, pero, no sé por qué, en sus juegos se adivinaba como una falta: no denotaban la natural alegría que suelen atesorar la mayoría de los niños. Me dio la impresión de que ni siquiera estaban jugando sus propios juegos, sino cumpliendo un ritual insoportable y absurdo. No eran risas infantiles lo que llenaba el ámbito, no eran reales; y además, en sus rostros podía percibirse un deje de rutina y melancolía, como si tales carreras, tales saltos y gritos, no hiciesen sino aburrirles y fastidiarles. (¡Cómo no lo vi entonces! ¡Cómo no salí corriendo de aquel lugar, de este lugar en el que ahora estoy sentado y escribiendo estas agónicas frases que se han venido repitiendo una y otra vez en mi atormentada mente!).

Sonó la campanilla. De inmediato, oyóse la dulce y acariciante voz de mujer, recitando la aprendida lección de entradas y salidas. Escuché con atención, sólo para comprobar que tampoco era éste el tren que esperaba. Volví a mirar el billete, para prevenir cualquier posible error por mi parte. Tomar un tren equivocado solía acarrear, según había oído decir, tremendas molestias e incontables transbordos posteriores, e incluso existía un rumor que aseguraba que, en caso de confusión, se hacía prácticamente imposible regresar a la estación de origen, descartando así toda probabilidad de emprender algún día el viaje proyectado, dada la gran complejidad de la red ferroviaria. (En algún momento, en el pasado, tuve la sensación de haber tomado un tren erróneo, pero eso ahora no es más que un vago recuerdo y las certezas no existen). Sin embargo, no es menos cierto que si procedemos con atención es en verdad difícil equivocarse, debido en gran medida a la asombrosa exactitud de las informaciones proporcionadas por los altavoces y por el cartel de horarios.

La mujer gorda respingó, miró en todas direcciones, se incorporó de un salto, se frotó los ojos con el dorso de la mano y leyó frenéticamente las ocho líneas electrónicas que resplandecían frente a ella. Después respiró con fuerza y volvió a sentarse, tal vez algo desalentada. Fue entonces cuando se percató de mi presencia. Me contempló con curiosidad durante un segundo. Luego preguntó sin protocolo alguno:

—¿Ha salido ya el tren hacia D.?

—No puedo estar seguro —contesté con amabilidad—. Lo único que puedo asegurar es que no lo ha hecho desde que estoy aquí —no dije nada más, tratando de rehuir el diálogo. Pero ella, ya más despierta, ensanchó un punto su sonrisa y dijo:

—Entonces ¿llegó usted hace poco?

Iba a responderle con una escueta afirmación, demostrativa de mi escasa predisposición a entablar una conversación intrascendente, cuando me vi bruscamente interrumpido por el anciano que, con gran descortesía, increpó a la mujer:

—¡Estás loca! —gritó. Después se dirigió a mí en otro tono—: Se lo he repetido cientos de veces. Su tren partió hace mucho. Pero ella se empeña en seguir esperando, aun cuando sabe de sobra que soy yo quien está en lo cierto. —Se volvió de nuevo hacia ella y con voz chillona agregó—: Nunca volverá ese tren. ¡Nunca!

—Calla, viejo idiota —dijo ella entre sollozos—. Tratas de confundirme. Este amable caballero acaba de decir que aún no ha pasado. Yo sé que llegará y me marcharé en él, mientras tú te quedas ahí sentado, refunfuñando y soñando con un destino que jamás estuvo a tu alcance. A mí me queda la esperanza. A ti, nada más que la resignación o la locura.

—Yo nada espero. Eso es cierto —aceptó él con un tono más calmado—. Hace tiempo que comprendí mi derrota. Pero tu esperanza ha de transformarse, ya lo verás, en una larga espera baldía, en sufrimiento y agonía, pues no quedan trenes que tú puedas coger, no hay destino que te reclame, ni andén que pueda llevarte hacia la luz.

—¡Cállate! —gritó la mujer en dirección al viejo. Luego, mirándome con los ojos arrasados en lágrimas, dijo—: Es insoportable. Siempre está gritando lo mismo. Siempre ahí sentado, malhumorado e insultante, como si su único fin fuese destrozar mis esperanzas. Siempre descargando sobre mí su odio de viejo egoísta, su desesperación de hombre abandonado. Pero no vaya a pensar que puedo huir de sus reconvenciones. No importa dónde vaya, allí está él para seguir machacándome. No deja de perseguirme, todo el santo día, de acá para allá. No sé si tendré fuerzas para seguir esperando mucho más.

Algo en las palabras de la mujer, en la actitud del anciano, hizo que, por un momento, me sintiera descolocado, como viviendo una situación irreal, un sueño absurdo del que no había escapatoria. Tratando de serenarme un poco, de superar con rapidez la confusión, miré al anciano a los ojos y, sin acritud, le espeté:

—¿No le avergüenza tratar así a la señora? ¿Acaso carece del menor escrúpulo? ¿Es insensible al dolor que le causa con sus palabras?

Tras unos segundos de silencio, bajó los ojos, incapaz de soportar la hostilidad que se reflejaba en los míos. En voz baja, respondió:

—Tú también lo serás, cuando llegues a mi edad. Si hubieses estado aquí tanto tiempo como yo, quizá fueses más cruel —su tono fue subiendo poco a poco—. ¿Qué derecho tienes tú a reprocharme nada? Te queda una larga vida, y se nota que no te falta ilusión. Tu tren llegará muy pronto y te marcharás, como tantos otros, sin recordar nunca más esta escena, ni a ninguno de nosotros. No, muchacho, no tienes ningún derecho a juzgarme. ¿Con qué propósito, pues, te inmiscuyes en asuntos que son completamente ajenos a ti? Acabas de llegar y ya crees saberlo todo —su voz adquirió un tonillo irónico— pero no tienes la menor idea... Está bien, quédate ahí con esa chiflada. Así aprenderás. Yo me voy a otro lado.

Presa de una gran excitación, fingida al menos en parte, sacó de debajo del asiento unas muletas y se alejó con dificultad hacia otro banco próximo, desde el que también podía ver el luminoso. De nuevo esa sensación de irrealidad me fue subiendo por dentro, mezclada con un poco de frío, procedente de los andenes. En el exterior estaba anocheciendo y el viento castigaba con dureza las copas de los árboles y también a los pocos viandantes que circulaban a esa hora por las calles. Dentro se notaban, de cuando en cuando, pequeñas bocanadas de aire fresco que hacían bajar, lenta pero inevitablemente, la temperatura. Anochecía y mi tren no llegaba, y una sorda preocupación se iba abriendo paso en mi interior.

La mujer gorda, que había cesado en sus sollozos y secado las lágrimas, se apretó un poco contra mí, musitando en mi oído:

—Tal vez el tren que estamos esperando va a llegar pronto.

Por algún motivo que entonces no supe precisar, esas palabras me produjeron una intensa desazón, pero el calor de su cuerpo a mi lado, y el suave aroma que de él se desprendía, consiguieron adormecerme.

En el sueño vi miles de trenes entrecruzándose, entrando, saliendo, cambiando de vía. Vi trenes lanzados a toda velocidad, galopando por extensas llanuras desiertas; vi trenes que descendían interminablemente, máquinas que arrastraban un número infinito de vagones vacíos y silenciosos; vi vagones repletos de gente y detenidos en medio de la vía, abandonados a su suerte entre los páramos. También pude ver, al fondo, allá en lo más profundo de mi sueño, un trenecito muy pequeño, antiguo, uno de esos que hace tiempo cayeron en desuso, algo desvaído por el paso de los años, aparentemente fuera de servicio. Pero una suave dulzura emanaba de sus gastadas maderas, de sus oxidados remaches, de sus cansadas ruedas. Y supe que ése era mi tren y que no debía perderlo. Y entonces recordé que estaba soñando; desperté sobresaltado, con la vista fija en el cartel, releyendo con precipitación cada una de sus líneas, sólo para comprobar con desaliento que mi tren seguía sin haber llegado a la estación.

Sentí un frío intenso. La mujer había desaparecido. En su lugar, aunque algo más alejado, estaba el anciano, contemplándome con curiosidad. Aturdido aún por el violento despertar, pregunté:

—¿Qué ha sido de ella? ¿Llegó por fin su tren?

—De ningún modo —respondió él, sonriendo con amargura—. Ese tren ya pasó y nunca regresan —hizo una breve pausa—. Yo traté de avisarla cuando sucedió, pero se burló de mí, me insultó y desoyó mis consejos. No sé dónde habrá ido ahora. Lo más probable es que esté en la cafetería, tratando de subir al piso de arriba. Por la noche, cuando llega el frío, todo el mundo trata de resguardarse.

Algo se debatía en mis entrañas, como una inconcebible certeza de estar viviendo una situación que desafiaba toda razón. La increíble sospecha que se había ido asentando en mi mente desde el momento en que llegué, comenzaba a tomar forma; las palabras del viejo delineaban los contornos precisos de la pesadilla:

—Se dice que allá arriba no hace frío y que la gente es más amable, y la vida, más confortable. Pero nadie sabe cómo subir. A mí ha dejado de importarme. Apenas sería capaz de subir dos peldaños —al decir esto, remangó sus pantalones, dejando al descubierto dos piernecillas algo deformes y, sin duda, enfermas—. Es por la humedad que viene cada noche desde los andenes y quizá también por las caminatas.

—¿Caminatas? —pregunté. Cada nueva revelación me iba arrastrando más y más hacia las desoladas regiones del pánico.

—Sí. Es preciso caminar mucho para combatir el entumecimiento. De lo contrario, se corre el peligro de morir congelado. No ponga esa cara. Yo sé que todos se burlan de mis consejos, pero hágame caso: camine, camine todo lo que pueda. Todas las mañanas, los empleados tienen que retirar los cuerpos congelados de quienes no tomaron las debidas precauciones. Lo hacen con sigilo, fingiendo que nada ocurre, pero yo llevo demasiado tiempo en este lugar y nada se me escapa.

—¿Sugiere usted que hay personas que pasan aquí la noche? —dije. Algo en mi interior se resistía a creer en lo que estaba oyendo. No era posible. Nada era verdad. Pronto despertaría en mi habitación, entre mis libros. Todo habría sido un sueño, desayunaría, me asearía y saldría hacia el trabajo, como cada mañana...

—Muchos días y muchas noches —respondió él con cierto desaliento—. Hace años que espero, obstinado, la llegada de ese tren en el que ya no creo. Pero no conozco otro camino.

—Sin embargo, yo no puedo esperar. Debo...

—Nadie puede, en realidad. Pero no me haga demasiado caso. No desespere. No es imposible que su tren llegue, en efecto, esta misma noche. En muchos casos sucede así. Permanezca atento a los altavoces. Trate de no dormirse. Sea amable con los funcionarios, y ellos le corresponderán gestionando con rapidez los trámites de su partida. Pero, ante todo, deseche la prisa, reprima la ansiedad. Nada sucede antes de tiempo.

—Pero es que debería regresar antes del lunes...

—¿Regresar? ¿Cómo ha de regresar?

—Tengo que acudir al trabajo, o seré despedido. Son muy estrictos.

—¡Vamos! ¡No sea hipócrita! Usted conoce perfectamente su situación. Sabe de sobra que no hay sitio al que regresar. ¿Acaso no lleva en su maleta todo aquello que considera imprescindible? ¿No arrojó la llave de su casa en una sucia alcantarilla? ¡Pues claro que lo hizo! Igual que lo hicimos todos, sabedores de que no hay regreso. Porque regresar equivale a fracasar. ¿Y quién tiene el valor de reconocer el fracaso, de admitir el error? Antes la muerte, antes el sufrimiento más horroroso, que la confesión de la derrota. ¿No es, en rigor, la más completa verdad cuanto estoy diciendo? ¿Sería capaz de negarlo, de negármelo a mí?

Me sentí derrotado, desenmascarado. Con algo de vergüenza, admití:

—Sí... Es cierto. Eso es exactamente lo que hice... Pero en el fondo, yo esperaba regresar... ¿Cómo hubiese tenido, de lo contrario, el valor de partir? Es verdad. Sabía que el regreso no es posible, pero todo hombre necesita algo a qué aferrarse, una referencia, un punto de apoyo para superar la terrible realidad... De modo que no me resta sino la espera. La espera que, según sus palabras, puede llegar a ser insoportable. Mas... siempre puedo bajar al andén y tomar el primer tren que llegue, aunque no sea el indicado...

—¡De ningún modo! No hay dos trenes que puedan conducirle al mismo lugar. Hay que atenerse al billete. Es imposible sospechar siquiera dónde podría terminar quien hubiese tomado un tren equivocado. Además, sepa que si baja al andén es muy posible que no pueda volver a subir, del mismo modo que resulta prácticamente imposible acceder desde aquí al piso de arriba.

Pensé en un número ilimitado de pisos, desconocidos entre sí. Un infinito edificio de incontables pisos desde cada uno de los cuales no fuese posible ver sino el superior y el inferior. Y en cada una de esas plantas, hombres idénticos a nosotros, hablando con nuestras palabras, compartiendo nuestros pensamientos, hasta los más íntimos; siendo, en suma, perfectas imitaciones nuestras (o lo que es peor: nosotros imitándoles, siendo meras caricaturas, marionetas cuyos hilos...). Preferí no pensar más, escuchar en todo caso al anciano, que seguía hablando, pero la idea infernal de la multiplicación infinita de los pisos me había conmocionado de tal modo, que ya no me sentía con ánimos para seguir oyéndole. Sólo una voz interior que me repetía una y otra vez la completa imposibilidad de tan absurdo pensamiento: no puede haber más que tres plantas, tres únicos niveles. Pero mi mente dudaba, y acaso...

La mujer gorda se aproximaba a nosotros, con la sombra de una aguda decepción oscureciendo su rostro. Sin una palabra, tomó asiento a mi lado y recostó su cabeza en mi hombro, disponiéndose, sin duda, a dormir un rato. Yo, sin esperanza, hice lo mismo, pero mis oídos permanecieron atentos a los altavoces, mis ojos se abrían de cuando en cuando, vigilantes incansables del cartel electrónico. Esa noche no vino mi tren. Tampoco las siguientes.

El tiempo ha ido desgranándose y mi tren no ha llegado. Hay momentos de desesperación en los que pienso que no es imposible que haya descuidado la vigilancia durante unos minutos, quizá los necesarios para que ese tren hiciese, raudo, su entrada, reclamándome y partiendo sin respuesta, vacío de mí, corriendo inútilmente por una vía muerta.

Como todos he intentado en vano el ascenso al piso superior. Como todos, he pensado en bajar a los andenes y tomar un tren cualquiera, para terminar de una vez por todas con esta exasperante espera, pero siempre me fallan las fuerzas, y permanezco aquí, sentado en este viejo banco, con los ojos cansados de tanto mirar en la misma dirección, con el corazón atormentado y apagándose.

Miles de trenes han partido y ninguno era el que yo esperaba. La mujer y el anciano, simples sombras en mi memoria, desaparecieron hace tiempo. Tal vez llegó su tren; tal vez hayan muerto sin haber llegado a tomarlo, anónimos figurantes en una siniestra farsa que se nos va llevando sin concedernos una segunda oportunidad.

Pero también los demás han ido diluyéndose hasta dejar vacía la estación. Los niños y sus fingidos juegos son ahora pasto del olvido y hasta los mendigos que solían estacionarse en la entrada han abandonado su antigua costumbre y han emigrado a otros lugares donde quizá haga menos frío, donde quizá haya limosnas.

La cafetería fue cerrada, y con ella se perdió mi última esperanza de ascender al piso de arriba, que ya ni siquiera puedo ver, y que tampoco me importa, si es que alguna vez me importó. Este nivel se ha quedado desierto por completo, a excepción de uno de los empleados, que permanece ahí, parapetado tras la rejilla y el cristal, que no habla ni responde a mis preguntas, que parece condenado a la eternidad sin fondo de las ventanillas.

Y la voz. La voz interminable, intolerable, anunciando trenes para nadie, melódicas burlas del destino, incongruentes frases sin destinatario. Es como si toda la estación estuviese aún abierta sólo por mí, únicamente para que yo pueda tomar mi tren y alejarme hacia otra quimera respirable. Y a veces aun creo que acaso sea posible, como si todo este tiempo no hubiese transcurrido, como si aún se pudiesen construir nuevas ciudades, edificar otras realidades menos lamentables, calles habitables, nítidas, parques de sol, fuentes de esperanza sincera y real, monasterios...

Y sin embargo, sé que todo es mentira, ¿por qué no confesarlo de una vez? Sé que mi tren no ha de pasar, que mi espera ha de ser forzosamente estéril. Pienso que un viento frío, una de estas noches, apagará para siempre mis esperanzas, congelándome, y así el ciclo se habrá completado y la estación perderá definitivamente su razón de ser y desaparecerá, como todo lo que un día hubo en ella. Porque ese tren que espero es algo que nunca existió, una sórdida invención de mi cansado corazón urbano; porque fui yo mismo quien envió aquella carta, buscando un pretexto para escapar a la insufrible rutina de las tardes sin nadie y sin nada en el monótono horizonte de la casa vacía. Hay otras estaciones desiertas, otros hombres iguales a mí, igualmente abandonados por la suerte, idénticamente solos, esperando a un tren que saben no ha de llegar, aguardando sin fe un destino que no existe, sabiendo con implacable certeza que todo es inútil, que ya nada va a ocurrir...

Pero he aquí que la campanilla suena de nuevo, y aunque conozco de antemano la inutilidad de mi acción, escucho atento, y lo que oigo me llena de desconcierto y de alegría, porque esta vez, desafiando todas las leyes de la razón, es mi tren el que está entrando con poderosa lentitud en la estación abandonada. El letrero luminoso así lo atestigua, y acaso también la leve sonrisa que me ha parecido sorprender en el pétreo semblante del empleado. Asombrado aún, con las piernas temblando de emoción, cojo mi maleta y corro hacia la escalera descendente para hundirme en las profundidades del andén, sabiendo ahora que hay, en efecto, una escalera que sube y sube hasta perderse en el infinito, sabiendo que es esta misma escalera por la que voy bajando hacia el andén desierto. Pero eso ha dejado de importar, y corro sin descanso hacia ese tren que viene a buscarme exclusivamente a mí, corro incansable hacia ese destino que viene a reclamarme.

 

© Sergio Borao Llop es un narrador y poeta nacido en Mallén (Zaragoza, España). Colaborador ocasional o habitual en diversas revistas electrónicas. Ha sido incluido en varias antologías y revistas literarias. Sus textos han sido leídos en diferentes programas radiofónicos y mesas antibelicistas. Fue finalista en los certámenes de Poesía y Relatos "Ciudad de Zaragoza 1990". En el weblog literario Al_Andar publica textos de autores que han ejercido influencia en su aprendizaje, y de escritores contemporáneos, descubiertos mayoritariamente en la red. También puedes visitarlo en su página web .

 

 

CÍRCULO VICIOSO

Jorge Kattán Zablah

 

 

Dedicado a Luisa Osdoba

Dicen las malas lenguas que en la desaparecida Biblioteca de Alejandría había tres salas enteras, con sus respectivos anaqueles repletos hasta el copete, de gruesos volúmenes cuyo único objetivo era vilipendiar a las suegras. Algo parecido sucede hoy en día en la Biblioteca del Vaticano, pero el número exacto de esas salas se desconoce porque por un acuerdo cardenalicio de la época del Pontífice Celestino I, quien fuera timonel de la Iglesia Católica allá por el año 422, se le confirió a ese espinudo asunto la categoría de secreto absoluto; pero, claro, lo dicho no ha impedido que en las raudas alas del chisme flote el rumor de que son cinco.

Establecidas estas curiosidades de carácter factual, conviene aquí hacer un poco de gimnasia intelectual. Es innegable que hay suegros bonachones, liberales y joviales, y que, a la par de éstos, los hay también pícaros, cínicos y pendencieros. Lo mismo puede decirse de las suegras, pues en la Viña del Señor las encontramos de toda laya: desde las finísimas, de admirables modales, generosas, virtuosas y de profundos sentimientos hasta las vitriólicas, egoístas, entrometidas y patológicamente celosas. Por estas simples razones, y siendo así las cosas, nunca he atinado a comprender por qué de la figura del suegro no cuelga ningún malintencionado San Benito, como ocurre con la de la pobre suegra, y por qué al suegro nadie le ha dedicado ni siquiera un miserable libro de escasas páginas.

Estas líneas no pretenden ser ni por asomo una apología de este personaje femenino tan anatemizado, porque no hay duda, como quedó establecido anteriormente, de que las hay perversas en grado sumo. ¡Y claro que las hay!

Para subrayar este punto, escuchemos la lamentable historia de un pobre yerno que por muchos años se sintió blanco de los dardos envenenados de su suegra. A ver, ¡acerquemos el oído!

* * * *

Leopoldo Urrutia llevaba más de seis años de casado o, mejor dicho, de sufrimiento, de calvario, de martirio. Y no porque Antonia, su joven y hermosa esposa, le fuese infiel o le diese malos tratos. ¡No, ni mucho menos! Eran años de infinita tortura a raíz de la intromisión constante de su suegra en todas las cuestiones relativas a su matrimonio, por insignificantes que fuesen.

En la cantina, sus amigos íntimos lo habían visto gimotear y derramar genuinos lagrimones de dolor. Y ellos, que sabían muy bien la razón, pues Leopoldo les había hablado a calzón quitado sobre su tormento, le recomendaban que se pusiera los pantalones y que no permitiera, por nada del mundo, que doña Úrsula, que tal tenía por nombre su suegra, mandara despóticamente en su hogar. Porque, para referir las cosas tal como sucedían, ella era la que decidía en materias concernientes a la educación de sus dos nietos, la que determinaba la forma en que debía vestirse su hija y hasta seleccionaba la comida que se serviría en la mesa cada día de Dios. En otras palabras, las narices de su suegra estaban presentes en todos los rincones de su hogar, y su conducta hacía que el desventurado Leopoldo se sintiera disminuido, empequeñecido y hasta difuminado. Se imaginaba a sí mismo como un monigote pintado en la pared, sin voz ni voto en los asuntos familiares. Por otra parte, carecía de suficiente valor para encarar la situación por temor a que sus relaciones con Antonia terminaran en divorcio, teniendo que separarse de ella y de sus chicos, a quienes él tanto amaba, cosa que sólo serviría para agudizar todavía más su sufrimiento y que resultaba muy contraria a sus propósitos.

Los ojos hundidos de doña Úrsula, realzados por unas cejas rectas, muy separadas la una de la otra, proyectaban una mirada casi siniestra; su amplia mandíbula inferior desembocaba en un mentón puntiagudo; su boca diminuta revelaba ausencia de labios; y su nariz grande, bastante aplastada, exhibía a los cuatro vientos unas fosas nasales casi equinas. Era propietaria de una cabeza voluminosa, adornada de pómulos prominentes y de carrillos mofletudos, cabeza que parecía empotrada directamente en el tórax debido a la ilusión óptica producida por su mezquino cuello.

Para coronar su descripción, esta mujer poseía unos brazos ostensiblemente cortos y rollizos, era de muy malas pulgas e infundía acusado terror en el pobre yerno que ya de por sí padecía de estreñimiento anímico.

Discutir, pues, la raíz de su desconsuelo y aflicción con su suegra o con su mujer habría sido como hablar con la pared. De eso no le cabía la menor duda.

En honor a la verdad, Leopoldo contempló mil maneras de desembarazarse para siempre de doña Úrsula, pero ninguna le satisfizo por completo. Incluso durante varios días albergó en lo más oscuro de su ser la medular idea de matarla, de acabar con ella en forma cruel, sanguinaria; pero luego de cavilar sobre el asunto, la desechó. Y tal vez no le sobrara razón porque su esposa jamás se lo habría perdonado y ese mismo acto habría hecho que se desmoronara su matrimonio, que era precisamente lo que estaba tratando de proteger y salvar. En fin, tras darle vueltas y vueltas a la cuestión en su magín, optó por tomar la decisión que más le convenía, según se lo dictaba su febril cerebro: ¡quitarse la vida! Sí, quitarse la vida, pues el resultado de haber barajado y barajado tantas premisas y silogismos en su mollera arrojaba una ineludible e inequívoca conclusión: ¡que estaba ante un enemigo implacable, imposible de vencer, y que era él quien en realidad salía sobrando ya que había sido reducido a un cero a la izquierda!

Leopoldo, para decirlo sin eufemismos, decidió adoptar una manera frontal y no sesgada de encarar sus agudos problemas.

Con esa macabra idea girándole sin cesar en la cabeza, se dirigió con redoblados pasos hacia el cementerio, donde, tras buscar y rebuscar por aquí y por allá, encontró el lugar que se le antojó más apropiado para que enterraran su mortificada existencia. Y la verdad es que el sitio que escogió para que lo inhumaran era bastante acogedor, pues estaba localizado al pie de una loma poblada de gran variedad de flores silvestres que servía de hábitat a bandadas de pájaros multicolores que con sus trinos, gorjeos y parloteos producían suaves y acompasadas melodías. Pero lo que más contribuyó a que se inclinara por ese lugar para tal mórbido propósito fue el hecho de que justo en la cima del cerro y a modo de atalaya había una blanquísima virgen esculpida en mármol de Carrara, con sus brazos abiertos, que, a juicio de Leopoldo, velaría su eterno sueño e impediría que jamás de los jamases fuese interrumpido. Aparte de lo dicho -se consolaba el aturdido yerno-, su violenta muerte quedaría grabada en los ignominiosos archivos de la eternidad, sirviendo así de escarnio para tantas suegras malvadas.

¡Dicho y hecho! Compró su lotecito, un lotecito de medida estándar: de metro y medio de ancho por tres de largo. Acto seguido, se puso a escribir una carta en la que le daba a su esposa las instrucciones precisas sobre su funeral, poniendo énfasis en el lugar donde tenía que ser enterrado.

En fin, un radiante día de verano, cuando la mañana canicular se escurría por el sudoroso mediodía, valiéndose de una navaja de barbero prestada, se quitó la vida sin ceremonia alguna.

Y su esposa cumplió a pie juntillas lo que su marido, con una letra asmática y tartamuda, había estipulado en la carta.

El sepelio estuvo muy concurrido. Hasta su propia suegra, el ogro de doña Úrsula, asistió, derramando incontables lágrimas de cocodrilo, y no regresó a casa hasta que el cuerpo de Leopoldo fue depositado en el fondo de su tumba.

¡Pobre Leopoldo! Si no hubiera actuado con tanta precipitación y se hubiera fijado un poquitito en las facciones de aquella marmórea virgen en quien había depositado el encargo de velar su sueño eterno, jamás habría permitido que lo inhumaran en ese lugar, porque al parecer, por un designio de los once mil demonios, había en aquel rostro inmóvil, pétreo, una figura que le habría sido muy familiar: sus ojos hundidos, realzados por unas cejas rectas, muy separadas la una de la otra, proyectaban una mirada casi siniestra; su amplia mandíbula inferior desembocaba en un mentón puntiagudo; su boca diminuta revelaba ausencia de labios; y su nariz, bastante aplastada....

Y allí estaba aquella virgen, con sus brazos ostensiblemente cortos y rollizos, abiertos de par en par, como diciéndole en son de chanza: «¡Leopoldo, grandísimo bobo, te has salido del fuego sólo para caer en el brasero!».

 

© Jorge Kattán Zablah es abogado y Doctor en Letras salvadoreño. Autor de cinco libros de cuentos. Director Emérito del Departamento de Español en la institución Académica Defense Language Institute, en California, E.U. Es Director honorario del grupo Francachela en Estados Unidos. Miembro correspondiente de la Academia Salvadoreña de la Lengua Española. Reside en Carmel, California, E.U.

 

 

EL JABALÍ

Carlos Aránguiz Zúñiga

(Del libro Cuentos de la Carretera Austral )

 

 

Al tercer día divisamos un caserío casi perdido en el follaje, que sólo advertimos por el humo blanco y alto que salía por encima de los árboles, casi debajo de una represa natural que contenía un lago verde y turbio del que unas horas antes habíamos sacado a lanza el salmón más grande que vi en mi vida.

Dirigimos nuestras cabalgaduras exhaustas a las casas desparramadas en la falda de una colina, de espaldas a un riachuelo cristalino que parecía merodear los patios cercados.

Un perro enorme, de fauces negras y aliento hediondo vino a recibirnos y los caballos detuvieron su paso desobedeciendo incluso el chicote. Don Vicho, el gaucho que nos servía de guía, afirmó su lanza y cuando se aprestaba a cargar al animal que no cesaba de ladrar furiosamente, apareció tras suyo a paso cansino y fumando tranquilamente un cigarro de hierbas, un campesino de rostro arrugado, desdentado y sucio, orgulloso en su porte erguido y de pelo cano.

—¿Falta mucho a La Tapera ? —le pregunté a guisa de saludo.

Pero no me respondió en seguida, sino que primero acarició al agresivo can, que dejó de ladrar de inmediato. Entonces los caballos recobraron su aplomo y tuvimos que jalar riendas para detenernos justo frente al hombre.

—Llevamos tres días andando —señaló Varela, el capataz que también me acompañaba, como hablándole al perro—. Estamos cansados. Nos gustaría tomar pensión.

El campesino hizo un gesto con su mano, mostrándonos una choza pintada de azul que sobresalía en el rancherío que se abrió a nuestros ojos, de la cual salía precisamente el humo que antes habíamos divisado. Luego dijo, dirigiéndose asimismo al perro:

—Tengan cuidado al desmontar.

Recorrimos los pocos metros que nos separaban de la casita indicada, a paso apurado. Amarramos los caballos en un poste de la cerca, ahuecamos nuestras pisadas en los tablones del portal y entramos sin anunciarnos.

Nos recibió una viejecita amable, cargada de años y chales, que también fumaba un cigarro de hierbas y despedía de su piel obscura un fuerte olor a capón.

—Pasen, pasen —nos invitó con voz cantarina, aún cuando ya estábamos adentro—. Siéntense en esas bancas, al lado del fuego.

Nos mostró unos asientos dispuestos alrededor de la cocina a leña, sobre la cual unas ollas renegridas por el hollín dejaban escapar un inconfundible hedor de animal cerruno.

—Queremos pensión —le anuncié al tiempo que me sentaba en el lugar más próximo al fuego—. ¿Qué se cocina?

La viejecita sonrió con petulancia. Se dirigió hasta un armario del cual sacó una botella de licor casero y me la alargó con una seña picaresca. Don Vicho y Varela se sentaron también, frente a mí, sacándose los ponchos húmedos y los sombreros ajados.

—¿Qué hay de comer, abuela? —preguntaron casi al unísono, sin quitar los ojos de las ollas ni inmutarse por la fetidez del guisado, notándose en sus pupilas ávidas los dos días que no comíamos en abundancia.

La mujer arrugó su cara en una sonrisa amplia y recién entonces me di cuenta que en su mano sobaba un mate que comenzó a beber a hurtadillas, en sorbos cortos, hasta que lo oyó roncar.

—Jabalí —dijo recorriéndonos con una sola mirada—. Ustedes seguramente comieron alguna vez jabalí.

Nos miramos risueños. Seguramente no le parecíamos baqueanos por nuestra vestimenta elegante para esos lugares, pero ella no podía saber que yo me dirigía, acompañado de mis dos amigos, a mi propia boda en Cisnes Medio.

La anciana nos creyó sorprendidos o incrédulos, porque en seguida agregó:

—Los caza mi marido —y se volvió hacia la puerta para mostrarnos al campesino que nos había recibido, quien justamente hacía su entrada.

Cuando nuestros ojos se acostumbraron a la penumbra del cuarto, nos encontramos rodeados de cabezas de jabalíes colgadas en todos sus muros, entreveradas con jamones salados del mismo animal.

Nos hartamos de comer del guisado y los panes de grasa que untábamos en su jugo. Y mientras bebíamos café con punta y fumábamos para ayudar a la digestión, nuestro anfitrión, superada ya la desconfianza inicial, se puso locuaz y tallero, encontrando buena disposición de nuestra parte para oír sus historias, llenos ya los estómagos y alborotada la sangre por el licor casero.

Llevo cuarenta años en la zona y cuando llegué no había más que jabalíes. Son bichos malos mañosos; me carnearon varios caballos y a mí me han dejado las piernas todas charquiadas. Ahora hay pocos, porque los leones les tomaron el gusto y los que quedan son tan grandes que ni ellos se atreven a cargarles. Además, tuvieron la mala pata de encontrarse conmigo y el único año que no me eché un ciento, fue cuando partí a la pampa a buscar peuca —y riéndose destempladamente apuntaba a la anciana que lo contemplaba entre avergonzada y arrobada.

El hombre se reía con tanta franqueza, que pronto estábamos contagiados de su viril alegría y lo animábamos a que nos repitiera sus hazañas, las que escuchamos por espacio de varias horas. Pero luego se vino encima la noche y sacando nuestras mantas para abrigarnos, las tendimos alrededor de la cocina. Sólo en ese momento, y a modo de despedida, el campesino se atrevió a preguntarnos:

—¿Y adónde van los patrones?

Guardamos un silencio cómplice un momento y luego don Vicho repuso, socarrón, aguantando una carcajada:

—¡A cazar jabalíes, pues!

Nos costó dormirnos, inundados por la hilaridad que brotaba a borbotones desde nuestras entrañas. Pero el cansancio logró vencer nuestra porfiada resistencia y caímos en un sueño profundo del que no despertamos sino hasta muy avanzada la mañana, cuando la viejecita nos sacudía con sus manos de ñires:

—¡Levántanse! ¡Levántense, que nos cayó una desgracia!

Nos paramos completamente despabilados por la alarma que mostraba la buena mujer que sollozaba a ratos, pero callaba la mayor parte del tiempo.

—¿Qué pasó, abuela? —inquirió don Vicho.

La mujer balbuceó unas frases que no entendimos. Varela la tomó de los brazos, se agachó para mirarla a los ojos y le repitió la pregunta. Sin embargo, el llanto, como un torrente incontenible, vino a apagar definitivamente la voz de la anciana.

Mientras mis amigos trataban de informarse acerca de lo sucedido, yo salía afuera a ver los caballos que estremecían la mañana con sus relinchos, presintiendo que en ello podría obtenerse una respuesta más rápida.

No me equivoqué. Apenas traspuse la puerta y me paré en el portal, vi en frente de la casa, a unos cincuenta metros en línea recta de mi cuerpo paralogizado, un fabuloso jabalí de unos doscientos kilos de pesos, negro como las nubes que cubrían el cielo, los ojos humedecidos por la llovizna y los colmillos amarillentos untados en sangre. Apenas unos metros a su lado, estaba el campesino esposo de la anciana, con sus intestinos volteados y las manos todavía aferradas a una lanza quebrada que sólo había herido lateralmente al animal.

Dos de los caballos lograron romper en ese instante sus ataduras y corrieron despavoridos; pero el mío no pudo zafarse del poste que lo mantenía al alcance del feroz agresor, que se mantenía inmóvil, con los ojos crispados fijos en su nueva presa.

Medí con desesperación la distancia entre el jabalí y mi caballo, donde estaba enfundada mi lanza; y calculé que debía separarnos el mismo trecho. Pensé entonces en correr hacia adentro, cerrar la puerta con tranca y esperar que el animal destripara mi caballo y acabara de tragarse al campesino, tal vez así se cansara y marchara. Pero luego pensé en Lucila, que me esperaba ese mismo día en el rancho de su padre; en los invitados ansiosos y en el cura traído de Coyhaique. Cerré los ojos y vi sus brazos de almenas rodeándome la cintura y sus labios de fresa que saboreaba en mi recuerdo desde que había emprendido mi viaje en Argentina. Y tomé la fría decisión de jugármela, aún sabiendo que el viejo cazador no había aprendido la lección de los pumas y además que yo jamás había cazado un jabalí en mi vida.

Corrí a todo dar hacia el caballo, al mismo tiempo que mis amigos salían de la casa con la viejecita en andas; y al verme, se pusieron a gritar:

—¡No, Maucho! ¡Espera, Maucho!

Sin embargo, ya nada escuchaba, sólo el agitado latir de mi corazón fortalecido en la puna saludable de la cordillera aysenina, donde había estado tanto tiempo haciendo crecer las estancias ajenas.

Con un salto final, sobrehumano, alcancé la lanza y la empuñé con tal fuerza que me sangraron las coyunturas. Mientras, el jabalí aguardaba, en lo que se me antojó como un gesto de instintiva nobleza, para que yo tuviera la oportunidad de equilibrar la lucha que iba a trabarse.

—¡Dále fuerte en el tungo! —me gritó hasta desgañitarse Varela, cuando comprendió mi irrevocable decisión.

—¡No le errís, Maucho, que no la contai! —añadió con la voz quebrada don Vicho.

Y entonces el animal no esperó más y cargó con todo su brío contra la pequeña figura que se había interpuesto en sus planes y entonaba su gazuza. En breves segundos pude sentir su resuello de sangre empujándome, pero me paré con firmeza y aguanté su envite con la lanza apuntada, que se enterró en su cuerpo merced a su propio impulso; y aunque fui levantado por los aires, mi peso sirvió para asentar el palo en sus entrañas. Sin embargo, mis piernas quedaron al alcance de su hocico y con sus colmillos se llevó dos lonjas de mi pantorrilla derecha.

Nunca supe cuánto tiempo me mantuvo suspendido la fiera, pero en un sacudón me botó lejos, cayendo cerca de las patas de mi caballo que seguía revolviéndose en su atadura; y de improviso, una coz vino a darme en la cabeza, nublándoseme la visión. Con los ojos emponzoñados divisé desde el suelo a la bestia mirándome, jadeante, comprimiendo su lomo partido a todo lo largo. Se me ocurrió que le producía curiosidad esa criatura extraña, ahora vencida, que había osado amenazarla. Después de un rato, contrariando todo lo que siempre se ha sabido de la actitud de este animal cuando está herido, dio la vuelta y se marchó al galope.

Varela se acercó primero, mientras don Vicho sujetaba a la mujer que se desplomaba sobre su esposo yerto.

Cuando cabalgábamos al día siguiente, con mi pierna envuelta en pedazos de sábana, pensaba en lo triste que estaría Lucila, esperándome desde la noche anterior, arrumbada sin consuelo sobre la cama fría.

 

© CARLOS ARÁNGUIZ ZÚÑIGA es escritor (narrador y poeta). Profesor de la Universidad de Los Lagos y miembro de su Consejo Social. Ha publicado más de un centenar de trabajos literarios en revistas especializadas en diversos países del mundo y participado en representación de su universidad en congresos literarios de Chile, Argentina, Colombia, Estados Unidos y Austria. Preside actualmente en su zona la filial de la Sociedad de Escritores de Chile. Sus libros publicados son Cuentos de la Carretera Austral (cuentos, 1991), Aysén: la estación del olvido (novela, 1993), Desde Aysén y otros casipoemas (poesía, 1996), Cuentos bioceánicos (cuentos, 1997), De cordilleras y alevines (poesía, 1997), Piel de naufragios (poesía, 1999).

 

 

HANNA TRAÍA LA LUNA

Jorge Ariel Madrazo

 

 

Con Hanna, hasta lloramos juntos. Pero eso fue después.

Era cuando mi corresponsalía en Belgrado. Hanna vivía en Skopje, Macedonia; yo, en Francuska con 25 Novembra; toda una distancia. Recuerdo la noche, el lugar exactos. La noche en que Hanna trajo la luna.

Belgrado no era una fiesta. El nombre de mi calle, Francuska, echaba a arder fantasías sobre una muchacha de perfil kafkiano que irrumpa de golpe en mi vida. Que respire el olor de mi pipa, de mi aire, y me los devuelva en un latido inimitable. Un latido que mientras yo esté sobre este ruinoso planeta habrá de traerme su aire, su olor.

Belgrado no será, nunca, una fiesta. Es verdad: la guerra y su masacre están más allá, a unos kilómetros, pero cuesta sentirse bien mientras los hermanos de terruño se ametrallan y degüellan o arden en carne viva como piras, un volcán que vomita rugidos de furia, insultos, delaciones, llamamientos a vengar a navaja el honor mancillado. De cualquier modo: las cervezas nocturnas con Zsvetan Matic en el bistró cuyas ventanas se cuadriculan gracias a los vidrios opacos, cortados en bisel, cerca del hogar a leña; y sobre el mostrador, la hilera de jarritas de cobre (para el café a la turca). Zsvetan tartajeaba un español más que pasable; yo, ni soñar con que me saliera una palabra del maldito serbio.

A la medianoche pasaron a buscarnos el búlgaro y el ruso para el baile de la asociación de corresponsales, en el Palacio de los Deportes, sobre la isla Ciganlija que lame las aguas barrosas del río Sava, junto al lago donde la luna, y el sexo y lo que usted quiera.

Pero Belgrado no era una fiesta.

El gran salón atesoraba una humedad de milenios; con alguna voluntad podían adivinarse los hongos que brotarían, como hongos, de la pared. El mal gusto del artesonado, en un estrepitoso color fucsia, hacía chirriar los dientes. Y le cuento que había aquellas mesas redondas, cubiertas por manteles decorados, sobre los cuales alcancé a ver platos (un incentivo a la imaginación), vasos (mejor todavía), servilletas de un blanco amarillento como si muchos lavados y, encima, muchos más años. Y bien: habría sido un milagro que en un lugar así las camareras no ostentaran un malhumor que desmentía a la música chillona, al ruido a lata derramándose desde enormes bocinas en cada esquina del salón.

Nos sentamos, qué otra cosa quedaba; lo mismo que le pasó al campeón de todos los pesos, el negro Jack Johnson, envejecido y sin entrenamiento y que además andaba huido de la justicia, cuando no le quedó más que poner en juego su título, en La Habana, frente a un gigantesco granjero blanco de Ohio, Jess Willard, quien lo demolió metódicamente en una pelea a cuarenta asaltos. Y, fuera o no lo mismo, allí estaban el búlgaro y el ruso a mis costados y Zsvetan enfrente, con la cara que le barría el piso. Un matrimonio de adustos alemanes completó el cuadro. Todo parecía venir de mal en peor.

En eso: Hanna.

Apenas se sentó desapareció el resto. Nos sumergimos en la charla; sin darme cuenta la monopolicé de entrada, reímos y bailamos hasta el amanecer. A mí, que me muevo como un campesino holandés sobre un velero deportivo, Hanna me hizo bailar mejor que Nijinski. Me convirtió en el hombre más ingenioso y atractivo de toda Yugoslavia aunque yo era argentino y con Hanna sólo pudiéramos entendernos en inglés (sin embargo, no era ningún idioma de este mundo el que hablábamos con Hanna). Supe que era alemana, separada y con dos niños pequeños -igual que yo-, que desde hace veinte años vivía en Skopje, que se dedicaba a las traducciones, en ese momento para la revista Politika de Belgrado cuyo director la había invitado allí aquella noche. Supe que se quedaría hasta la noche siguiente. Al fin le pregunté si creía en el amor a primera vista y qué diablos haría con ella de ahí en adelante. La respuesta, entre seria y sonriente -¿o seria y sonriente?-, fue: «Invéntame».

Y la inventé, mi dios.

Creo que Hanna y yo aprovechamos la irrupción de un perro que se puso a ladrar a un diplomático justo en el medio del salón donde las parejas fingían deslizarse con elegancia, para escapar a la carrera.

Caminamos muchas cuadras en la penumbra de una Belgrado sin combustible; con rieles mochos de tranvías y boulevares solitarios como un gato. Hanna tenía un poco de miedo; se las arregló para disimularlo y, además, piropearme: «Con vos me siento en un estado de máxima seguridad y de máximo peligro». Con ella fui todo un caballero, dijo agradecérmelo, «gracias por ser tan caballero»; en la puerta de su hotel la besé en la boca.

Al otro día estuvimos pegados como lapas en el desayuno, almuerzo y cena (la merienda la salteamos, nos desvelaba descubrirnos los cuerpos-almas en mi departamento junto a la mezquita Bajrakli). Y antes del amanecer, con la noche todavía tan cerrada como mi garganta, al subir llorosa a su automóvil me perforó las sienes esa descomunal luna llena. Hanna fue para mí desde entonces la encarnación del plenilunio. Sí, esto le sonará ridículo pero no importa: Hanna traía la luna. Me entregó el corazoncito rojo que colgaba de una cadena en su cuello; no toda la cadena, sólo el corazoncito. Hanna sabía hacer las cosas.

Me llamó el miércoles para susurrarme: «Por una vez la realidad coincidió con los sueños». Salí disparado para Skopie el viernes. Era el instante del descubrimiento mutuo, cuando ambos éramos un hermoso país. Todavía el destino no nos había colocado en la situación peor; no: a veces mata de a poco. Es un verdugo sádico y lento, el destino. Y caer yo a Skopje por aquella avenida espantosa flanqueada de casas de cartón de dos pisos, el asfalto bombé y agrietado por todas partes, chimeneas, un supermarket que estará desprovisto hasta de manteca, algún murallón ideal para el suicidio. Qué diablos, si yo iba a ver a Hanna, ya podían Skopje y el universo ser el revés de lo deseado.

Nuestros encuentros tenían lugar en un rincón neutral; ni esa vez, ni en ninguno de los meses que seguirían, iba a ir a su casa. Ni siquiera haciéndonos los desentendidos; porque ¿cómo enfrentar a los nenes que se preguntarán quién es el intruso, mirá que pretender reemplazar a papá? Sí, ahora que me lo recuerda fui en dos ocasiones, sólo dos.

Pero tuvimos nuestras vacaciones en Bieljo Polje, en la república de Montenegro, la Czrna Gora de montañas de hierro fundido; un día nos aventuramos entre aquella piedra que vibraba de diminutas flores blancas para terminar metidos dentro de una boda campesina; comimos y bailamos haciendo una ronda con ellos. Pudimos estar muchos días a solas, y dormir noches completas sin erigir barreras de espinas. Palmeamos a un caballo blanco y gigante, mojamos pancitos en la fondue sobre una mesa mantelada a cuadros rojos-blancos. Dormimos con una paz inédita, te levantaste muy seguido la primera noche para mojarte a cada rato el pelo; te sentabas a hacer pis con la puerta abierta mientras reías y me hablabas de Heidegger.

También me enseñaste, Hanna, entre tantas no-realidades que me enseñaste, el barrio medieval de Skopje; lograste que me invitaran a dar allí, en el patio abierto y enladrillado por los siglos de lo que fue un monasterio, una charla sobre las experiencias de un corresponsal argentino en un país querido y absurdo. Tan querido y absurdo como nosotros. Estabas en primera fila, los ojos cerrados, la boca semiabierta. Me dirías: —Qué fuerte, tus palabras tienen cuerpo. Nunca me había dado cuenta: tus palabras son un cuerpo.

Ah, el barrio viejo donde pasó a ser nuestro un cafetín delirante de rotundos naranjos orientales, las muchachas rubias con vestidos negros muy cortos y el restaurant del albanés Mehmet y en él las copitas del dorado Limzura, el licor que cómo describirlo a un compatriota de Caballito o Almagro, destilado de un centenar de hierbas que las niñas acogen en sus faldas en la montaña, el Limzura cuya etiqueta remedaba un poema vanguardista: Specijalna Prirodina Rakija - Proizvodi I Puni Ro - Miloduh - Kragujevac - Trajnost Neogranicena - Punjeno.

—Este país, mi querido, fue un increíble laboratorio étnico, qué horror que estalle así. Si supieras cómo convivíamos católicos de Eslovenia y Croacia con musulmanes de Bosnia y con albaneses de Macedonia y ortodoxos casi turcos de Serbia, y no olvido lo que hicieron las escuadras fascistas de Pavelic contra los serbios en la guerra, pero convivíamos —se dolía Hanna. Me tomaba una mano como si la asaltara un presentimiento.

Y nosotros dos, Hanna, ¿cómo lográbamos hacer convivir nuestros presentes absolutos, el oso pardo llegado de la Argentina con su computadora portátil y sus dolores duros de clausurar, y la muchacha que tanto hablaba en lenguaje académico como en criptogramas plenos de símbolos, la mujer niña que incitaba al hombre a desplegar lo más intenso del alma, su poder de adivinación y de inventiva?

—Contame, Hanna, no sabés cómo me interesan estos yugoslavos. Debo ser medio yugoslavo en el fondo —y nada le decía de la novia yugoslava en Córdoba, hace un millón de años.
—Mirá, estos son mis chicos, este es el mayor, Palev.
—¿Pablo, Paulo?
—Palev, bobo, Palev.
—¿Alguna vez los conoceré?
—No sé, sería lindo si al menos vinieras a casa un día que estén con el padre, que veas cómo vivo.
(¿Y sentarme, Hanna, en la silla del padre, contagiarme de sus gestos?)
—Capaz, Hanna, sería lindo. Capaz.

Nada conseguí: me insultó, creo; eludió a los policías y siguió marchando y dando saltos, al amparo de carteles fervorosos. Me dejó atrás. Me alejé, indignado, para el lado opuesto.

Me llamó la siguiente noche. Que había ido a Belgrado para la manifestación, que me había telefoneado pero yo no contesté, que la disculpara, que estaba muy tensa. Lloró un poco; ¿no podía viajar para verla el próximo fin de semana? Sentí celos por primera vez, no sé si de esa Hanna desconocida que me abandonaba de golpe por un ideal o porque imaginé otro hombre. Por primera vez tomé conciencia de que Hanna podía alejarse de mí cuando lo juzgara necesario; y de que yo podía dejarla ir, sin intentar retenerla.

—Marilyn, se mató Marilyn.

Domingo, cinco de la mañana. ¿A un periodista de nivel internacional venía Hanna a despertar a esa hora para recordarle que Marilyn Monroe se había suicidado en 1962?

—Marilyn, mi gata azul, se suicidó. Estoy deshecha.

Más allá de la discutible atribución de color (llegué a conocer a Marilyn una tarde de setiembre en que Hanna la trajo y paseamos ella y yo como novios por el parque Kalemegdan, llevándola por una correa plateada, como si fuera un dogo, y le juro que Marilyn era de un negro decididamente vulgar), ni aun después de despejarme frotándome la cara con el poco vigor que me quedaba como resultado de los whiskis hasta la medianoche en el club de prensa, logré entender lo del suicidio.

—Se arrojó por el balcón. Vení ahora mismo, no doy más.
—¿Después del mediodía, Hanna, sí? Estoy allí después de almuerzo. Tengo cuatro horas de auto —no escondí mi irritación.
—Por lo visto ya no te importan mis cosas, antes lo hubieras hecho; vivís en una burbuja.
—Estoy allí a las once, Hanna. Te amo.

A las doce tocaba el timbre. Segunda vez que me atrevía a ir a tu casa. La anterior había sido en una noche ya muy tarde, como estabas asustada te acompañé adentro por el largo hall hasta que pude ver tu puesto de combate: la maquinita de escribir en la cocina y la enredadera de flores blancas y celestes metiéndose por la ventana. Aquella primera vez, los chicos ausentes, hicimos el amor allí mismo, urgidos y sin desvestirnos, sobre el piso.

Cuando lo de Marilyn, Hanna me recibió con un brinco espléndido acompañado por un uyyy de cariño, un abrazo del que colgaban besos y cuchicheos en la oreja, la sonrisa irradiándole todo el cuerpo aunque mojada todavía con algunas lágrimas. Enseguida se puso seria, me atrapó los dedos de la mano derecha y me hizo sentar en su sillón favorito. Puso en esa mano otro whisky -otro más, dios santo-, me conminó a brindar con ella por el alma de Marilyn. Yo lo hice por Norma Jean Baker, ella por la gata. Me acerqué a Hanna para rodearla con mis brazos. De allí a la alfombra hubo sólo un paso, la pasión se alzó tutelada por la muerte biológica y por la vida que -sin perder un segundo- ocupa su lugar.

Y estaban los barcos. Si usted trepa, pisando el pastito humedecido por el rocío, la colina que hay al fondo del parque Kalemegdan, verá un espectáculo que si no le corta el aliento es que no está vivo: la confluencia amorosa de los ríos Sava y Dunav, el Danubio azul ¿usted lo recuerda, o era muy chico cuando el azul Danubio valseó a nuestros padres? Hanna y yo nos quedábamos sin aliento allí, al lado de la Fortaleza construida por los Césares, mirando esos dos viborones de agua fluir y unirse bullentes, tempestuosos y serenos. Como nosotros por entonces. Más tarde descubrimos que podíamos bajar hasta el par de barcos abandonados en el Sava para meternos en ellos, tocar sus maderamen, sus imaginarias singladuras, sus espíritus errantes. Un viejito sin dientes hacía de cuidador pero nos dejaba pasar a cambio de vino.

Fuimos a los barcos muchas semanas y enseguida, por mutuo acuerdo, no lo hicimos más. Hoy sé por qué: los barcos vomitaban distancia.

Era la época en que tuve que volverme seis meses a Buenos Aires, llamado por la agencia y -la verdad- porque no aguantaba más sin mis hijos. Tuvimos una noche de tormenta sentimental. En el jardín al aire libre, y lleno de parejas, del bar vecino al Palacio de los Deportes, en Ciganlija, cerca del árbol de hojas tornasoladas y del busto del héroe local, mirando los dos el lago sin verlo, Hanna apoyándose en la misma mesa de madera laqueada donde por noches enteras habíamos bebido acariciándonos los dedos y hasta las uñas, empezó a hacer con la parker uno de sus dibujitos en los que asoman pájaros inexistentes, flores, laberintos. Debajo, con su letra de mosca, escribió: «30 de junio, el lago anochece». Aun tengo la servilleta ante mis ojos: «30 de junio, el lago anochece». Anochecía. Como nosotros.

«Son mis hijos, Hanna, entendelo, pronto volveremos a reunirnos». «No, no vas a volver; ¿por qué tenía que venir este viento que nos arrastra? Podés estar seguro: de este jardín nadie arrancará una hierba». Hanna: tu romanticismo, del que solía burlarme, esa vez vio más que yo. Y ni decir la luna llena que construiste esa noche. Alzaste tu cerveza: «Salud, oso pardo». «Salud, Hanna». Quisiste un beso apasionado allí, delante de todos. Protesté: «No ahora». Otra vez viste más lejos: «¿Y cuándo, si no?». Lloramos y reímos abrazados, sin importarnos la gente.

En Buenos Aires conocí a Clara. Vos construiste la luna y yo a Clara. Ni linda ni fea, aunque los dientes tan irregulares. Mejor así: no era perfecta. Si vos me asustabas con tu libertad, Clara me aburrió con su dependencia; precisaba mi consejo hasta para respirar. ¿Dónde había quedado la vida, qué mujer de una maravillosa galaxia complementaria habría ya de esperarme? ¿A quién podría inventar ahora, qué misterio develar?

Pero Clara era mis hijos. Con Clara nos toleramos cinco meses. Mi alejamiento de Belgrado empezó por alargarse a un año. De hecho había gestionado el pase a la agencia en Buenos Aires; no me atreví a decírtelo.

Nosotros, Hanna, aún solíamos desenvolver costosísimas y tortuosas llamadas amenazándonos con cortar o diciéndonos que jamás podríamos declarar cadáver a nuestro amor, diciéndonos te extraño, decime te amo aunque no sea cierto, te amo y es cierto, en fin, todo eso, usted sabe. Un par de veces llamaste a casa. Estaba Clara. Se enojó.

Planifiqué la tercera llamada tuya con el mayor cuidado. Ibas a hacerlo a tal hora del otro miércoles. Elegí el día por cábala. Pedí a Clara que atendiera ella. Te largó de todo, vos gritando le exigiste -yo también- que me pasara el tubo. Acusaste a los gritos: —Esto es lo más indigno que has hecho, te desconozco. ¿Necesitabas hacer algo tan bajo?

—Sí, Hanna.
Miro tu dibujo en la servilleta. Estoy solo. Alzo el vino:
—Salud, Hanna.
—Salud, oso pardo.

No hay luna llena. En ningún lugar.

 

© Jorge Ariel Madrazo nació en Buenos Aires, en 1931. Poeta, narrador y traductor. En poesía publicó Orden del día (1966), La tierrita (1974), Espejos y destierros (Caracas-Buenos Aires, 1983), Blues de muertevida (1984, premio Nacional-Regional); Cuerpo textual (1987, LAR-Chile, premio Municipal); Cantiga del otro (1992, premio Ed. del Dock); Piedra de amolar (1995); Mientras él duerme, con el pintor Juan López Taetzel (1997); Para amar a una deidad (Premio F. N. Artes, 1998), De mujer nacido (2003, Alción, Córdoba) y Teoría sobre ella (Ed.Vinciguerra). En narrativa: Ventana con Ornella (1992) y La mujer equivocada (2006); inéditos: la novela Gardel se fue a la guerra y Divagario. Traducción: libros de los poetas brasileños Floriano Martins y Lourdes Sarmento, así como poemas de Antonio Miranda, Ledo Ivo y Reynaldo Valinho Álvarez. Además, El silencio blanco y Cuentos del Pacífico Sur, de Jack London y poemas éditos e inéditos de Allen Ginsberg. Participó de numerosos encuentros internacionales y fue traducido al inglés, italiano, francés, portugués y serbio. Entre 1986 y 1993 condujo el ciclo «Poetas y narradores» en bibliotecas públicas. Integra el Comité Editorial de las revistas «El Perseguidor» (Buenos Aires) y «Trilce» (Concepción, Chile).

 

 

SOBRE LAS PÁGINAS

Laura Massolo

 

 

No me importan las habladurías.

Dicen que no podré sostener por mucho tiempo esta labor, que la Madre Superiora también será destituida a causa de haberme concedido libertades, que nunca hubiera debido permitir que yo visitara los prostíbulos.

Dicen otras cosas. Y dirán muchas más.

Seguramente, pese a esta severidad que reconozco en mi propio espejo, pese a esta cara mía que jamás fue rozada por el maquillaje ni por los rubores, dirán que yo también me he prostituido.

Llevo zapatos de hombre y polleras largas y amplias, una valija de cuero más pesada que mis brazos. Ato mi pelo con una cinta ocre y opaca y procuro caminar erguida, sin contoneos, olvidada de mi ser de mujer.

Igual dirán que tengo la sangre hirviendo y la entrepierna urgente.

 

* * *

 

La Madre Superiora me llamó con los dedos una tarde al final de los rosarios y la seguí por la escalera empinada. Como si fuera un pecado, habló en voz muy baja de las estrofas de aquel poema de Sor Juana, de la belleza inequívoca de las sentencias, del rumor de algunos versos que persistía por las noches en su almohada.

Me dijo, en secreto, que las palabras tienen una música y que aquellos que no puedan recorrerlas con los ojos ni dibujarlas con la mano al menos deberían tener una ocasión de aprenderlas. Me dijo que los seres gastados que ni siquiera llegan a resolver los trazos de su propio nombre tienen un dique que frena el razonamiento. Me dijo que, tal vez, el razonamiento y la palabra, la música y la belleza, fueran capaces de modificar la voluntad. Y que la voluntad encierra la pureza del alma. Y que el desmayo de la voluntad, en cambio, encierra un alma con pereza; que un alma perezosa y encerrada en la ignorancia tal vez pueda encerrarse también en el pecado.

Después, señaló la plaza, las estatuas desnudas que insultaban los cristales de su ventana.

Me habló de las prostitutas.

Me pidió, en secreto, que no permitiera nunca el desmayo de mi voluntad. Me pidió que abriera el torrente de las palabras para después romper los diques de la ignorancia.

Acepté.

 

* * *

 

No tuve un espacio amplio ni una biblioteca perfumada y abundante. Sólo esta valija que asegura un perfume oculto, y es como si la madera y el papel abarrotaran el aire que camino. Y aquí guardé libros y cuadernos. Y un letrero con las vocales dibujadas. Y un anzuelo sin punta para ir a buscar la redención con las palabras.

Y no fue mi valija el límite, nada quedó encerrado. También llevé una especie de amor que derrotaba todas las vergüenzas.

Ahora me andarán llamando prostituta.

 

* * *

 

Cuando toqué la campana de aquel primer lugar, sentí que muchos ojos perforaban las celosías, por mucho tiempo, sin que nadie abriera.

Apareció una mujer gorda y profunda que desconfió de mi valija y de mi saludo.

Simplemente, sujeté mi libro de Sor Juana y comencé a recitarlo vigorosamente.

De un golpe la mujer cerró la puerta y de un golpe cerraron todas las celosías de los costados.

Dejé la cuadra del prostíbulo. Ya me cercaban las miradas desde otras casas. Ya entonces habrán dicho que la maestra tocaba puertas sucias.

Sólo pude plantar un pedazo de mi voz.

 

* * *

 

Ese pedazo de mi voz se había quedado en el aire, había desbordado mi valija, se había colado por las celosías, y alguien respiró ese aire. Lo supe unos días después: Diana vino a mi casa, me pidió que continuara la lectura y estuvo inmóvil respirando las frases. Dijo que quería aprender a leer y a escribir. Confesó que le había dado vergüenza que descubriera su “casa”. Le toqué la cabeza, le sonreí. Pero también confesó las miradas y el desprecio a los que la condenaba la simple luz del día.

Estuvimos de acuerdo en que sería más prudente que yo le enseñara en el prostíbulo. Y entré allí de la mano de Diana, mientras la mujer gorda y profunda rezongaba entre dientes.

 

* * *

 

No me importó el riesgo. No me importaron los comentarios. No me importa, ahora, esta amenaza de destitución que ronda en boca de la gente del municipio.

Si me destituyen, sólo tendré que buscar otro sitio. Habrá otros lugares donde no se murmure tanto, donde no crean que porque me han educado en un convento debo discriminar a estas mujeres a quien nadie más que los hombres son capaces de acercarse.

Ya tenía mi territorio y mi providencia: Sólo por lo que Diana intentaba en esas páginas, sólo por la felicidad inmensa de comprender que se liberaba y se recomponía, me sentí capaz de ignorar al pueblo entero.

 

* * *

 

Luego, la mujer gorda y profunda, rezongando entre dientes, debió entender que Diana no prestaba como antes sus “servicios”, que estaba lejana y díscola, que sólo sonreía durante las clases. Y le abrió las puertas.

Diana se mudó a mi casa.

No estoy acostumbrada a compartir mis habitaciones. Son reducidas y humildes, están llenas de libros. Pero puedo compartir horas de poesía, puedo mezclar mi voz con la voz de Diana y mojarnos, las dos, en los cauces de tinta que gotean hasta la madrugada.

No resultó difícil vivir con ella.

Nos hemos organizado bien. Cuando llego de las clases, Diana tiene preparada una comida, todo está limpio y en orden. Me gusta ver su cara lavada, su espontaneidad atenta, la luz que le descubro en contraste con el recuerdo de la oscuridad con que vino buscando las palabras.

Su ayuda se me hace cada vez más necesaria porque ahora tengo más horas ocupadas. Pude acceder a otros prostíbulos. Sigo yendo al prostíbulo en el que vivía Diana. Una de las pupilas, Teresa, quiso continuar con las lecciones. La mujer gorda y profunda me mira con recelo y me amenaza. Dice que si Teresa también deja de rendir con los clientes la culpa será mía. Teresa ríe y escribe obscenidades. Corrijo los errores y cambio las palabras más soeces pero no quiero censurarle nada. No sabe del amor. Y cree que yo tampoco.

 

* * *

 

Me reconforta llegar y que Diana espere con un plato caliente. Por eso me adapté tan fácilmente a convivir con una extraña.

Aunque no es más una extraña: es mi liberada. Y es mi nueva libertad.

A veces, sin embargo, se me acaban las palabras. Ella me abraza con ternura, apoya su cabeza en mi falda, yo acaricio su cabello. No sé cómo darle consuelo cuando habla del pasado y la indecencia y de las causas que la llevaron a degradarse. No la entiendo del todo. Hemos vivido en mundos diferentes.

La dejo llorar. A veces, nos dormimos abrazadas.

También yo le puedo hacer preguntas. También hay cosas que ignoro.

Diana me ha contado del placer. Mientras yo delineaba símbolos sobre las páginas, ella delineaba puntos en mi cuerpo.

Ella se ha entregado a mis palabras. Puedo entregarme a estos recorridos silenciosos de su mano.

Ella descubrió los trazos que forman su nombre. Yo formé su nombre con aliento, con respiraciones, con sorpresa, con la sensación incomparable de ir cayendo en un pozo cuyo fondo es blando y tibio.

Han transpirado nuestros cuerpos tanto como se han enredado nuestras manos y nuestras bocas, hemos dejado tinta y suavidad en el paso de las horas.

Sé que la he salvado del tajo en la memoria.

Sé que ya no habrá más hombres en su cama.

 

* * *

 

Y ahora me ha llamado la Madre Superiora. Me ha llamado extraoficialmente y estuvimos en su despacho fuera del horario.

Dice que hay habladurías. Dice que tal vez sea prudente que Diana y yo nos separemos. Dice que “estas” mujeres tienen códigos, que hay una cuestión de instinto, un fuego, algo que no se puede reprimir.

Dice que tengo una luz diferente en la mirada.

Me hace prometerle que no iré más a los prostíbulos.

Cruzo los dedos en el momento de la promesa.

Comprendo que es en vano aclararle mis seguridades.

 

* * *

 

No me importa que digan que vivo con una prostituta.

Llevo el libro de Sor Juana en mi valija, siempre.

Este pueblo es chico. Este pueblo es chico y se habla demasiado.

 

* * *

 

Voy caminando por las diagonales y veo las estatuas como si estuvieran escritas.

Y aquella es mi casa y aquella es mi puerta y allí escribiré sobre las páginas de Diana. Y Diana escribirá sobre mi cuerpo.

 

© Laura Massolo nació en Lomas de Zamora, Provincia de Buenos Aires, en diciembre de 1954.

Escribe poesía, cuento, novela y teatro. Coordina talleres literarios desde 1990, dedicándose a la formación de escritores y coordinadores de taller y a la corrección de textos literarios.

Publicó los libros de poemas Afuera estaba el mundo (2001, Ediciones del Dock, Buenos Aires) y Y amén (2002, Edicions 96, Valencia, España).

En el año 2004, conjuntamente con Liliana Díaz Mindurry, publicó el libro práctico Armar un cuento.

Al borde (1999, Ediciones del Dock, Buenos Aires), su primer libro de cuentos, fue distinguido con el Tercer Premio Municipal “Ricardo Rojas” de la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, con la Faja de Honor de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores) y con la Primera Mención de Honor en la Faja de Honor de ADEA (Asociación de Escritores Argentinos).

Su primera novela recibió Mención de Honor en los Premios Regionales del Premio Nacional otorgado por la Secretaría de Cultura de la Nación y su novela Cállate, Florencia, resultó finalista en el Concurso “Cristóbal Zaragoza”, de España.

En el año 2001 obtuvo el Premio Internacional Juan Rulfo Radio Francia Internacional y Centro Cultural de México por el cuento “La otra piedad”, cuyo título encabeza su segundo libro de cuentos, publicado en 2005 por Ediciones del Dock en Buenos Aires.

En cuento obtuvo, además, el Primer Premio “Demetrio Cañizares” de Madrid en el año 2001 con cuyo segundo premio fue distinguida en el año 2005.

En enero de 2006, con el auspicio de la Cancillería Argentina, viajó a recibir el Premio “Miguel de Unamuno” de la Caja Duero de Salamanca, de manos del Presidente del Jurado, Don Víctor García de La Concha, Director de la Real Academia Española de Letras y el Premio “Relatos Breves La Radio” de la Radio Nacional de España y Caja Castilla la Mancha, Cuenca.

Resultó finalista en los concursos de cuentos “Jara Carrillo”, “Max Aub”, “Ciudad de Elda”, “Filando Cuentos de Mujer”, “Julio Cortázar “de la Universidad de Murcia, “Vargas Llosa” NH de Relatos, y “Martín Gaite” de la Casa de Cultura de Cerceda, Madrid, convocados desde España; en el Concurso “Carmen Báez” de México, en el Concurso Internacional de Cuentos AVON y en el Concurso internacional “Contextos” de Radio Cultura.

En poesía obtuvo, en México, el Primer Premio Juana Santa Cruz del Ateneo Español y los siguientes premios en España: Primer Premio “Marc Granell” de Valencia, Primer Premio del Ayuntamiento de Motril, Granada, Primer Premio del Ayuntamiento de Jerez de los Caballeros, además de alcanzar numerosas distinciones en el ámbito nacional y resultar finalista del Certamen “Alonso de Ercilla” y del Certamen “Ciudad de Mérida”, ambos de España.

Ha publicado artículos, poemas y cuentos en distintos medios literarios nacionales e internacionales.